Ficha

País

USA, Francia

Año

2003

Título original

Le divorce

Duración

117min

Dirección

James Ivory

Guión

Ruth Prawer Jhabvala, James Ivory

Reparto

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Crítica de Le divorce
Autor: bronte
Fecha: 30/10/2003.
Póster Le divorce

Le divorce

Digerido por bronte

Parece que la cartelera está trufada de películas en las que personajes americanos conviven con personajes franceses, con resultado realmente lamentable para estos últimos. Si en "Soñadores" de Bertolucci, el chico americano parecía el único que realmente era consciente de su responsabilidad en su propia existencia, en "Le divorce" de James Ivory, pasa otro tanto. En esta película, los personajes estadounidenses parecen ser los únicos que viven la vida de verdad sin tanta disquisición, elucubración, filosofía y entelequia como los franceses. En realidad, en "Le divorce" se enfrentan dos mundos, dos culturas diferentes, la americana y la francesa. Los americanos, prácticos, los franceses, perdidos en lo fatuo...

Los francófilos se llevaran un disgusto al ver la película, pues descubrirán que en algunos aspectos el país galo, con toda su prosopopeya, aún está en la Edad de piedra, y para ello, nada mejor que asomarse a su legislación sobre el divorcio, con leyes de diferente rasero dependiendo de que hablemos del hombre o de la mujer. Huelga decir que la parte discriminatoria le toca a la Madame. En esta película, los personajes franceses aparecen retratados sin ningún tipo de piedad, para que negarlo. Viven rodeados de bolsos de Hermés, de pañuelos Dior, de nouvelle cuisine, de Oh la la, de allons enfants de la patrie, y apoyados en su famosa "grandeur", se creen con derecho a dar lecciones de todo tipo a esos americanos (y al resto del mundo), salvajes, que no saben como colocar los cubiertos en la mesa. Consideran de pésima educación hablar de dinero, pero su vida gira en torno a ello. Aparecen en la televisión hablando de ética, de moral, pero en su vida privada esconden la porquería debajo de la alfombra. Mantienen amantes, y las propias mujeres engañadas toleran esas amantes sin queja, porque es lo de "buen gusto".

En contraposición a este mundo de reverencias, modales, perfumes maravillosos, aparecen las dos mujeres americanas, honestas, vibrantes. Una, abandonada por un poeta francés que la deja embarazada de tres meses, invocando "la libertad del individuo", y la otra, que no es más que un juguete en las manos de un alto cargo galo, que la obsequia, la lleva a la ópera, pero que jamás verá en ella más que un juguetito de temporada. Y ellas, tan poco sutiles para el gusto "galois", pero sin duda, los únicos personajes que en el fondo saben que es el amor. Por supuesto, todo esto se trasluce en la película de manera implícita y elegante, como corresponde al director, que seguramente fascinado por esta historia de Dianne Johnson, abandona los trabajos de época por los que más se le conoce, y nos sitúa en este Paris actual, en el que aún existe el concepto de dote en el matrimonio. Sí, sí, como lo leen.

La película al fin y al cabo, es un canto al auténtico amor, un canto a la vida vivida de verdad, sin tanto ambage, sin tanto mírame y no me toques, sin tanta doble moral y tanta hipocresía. Los personajes americanos se guían por sus emociones, aunque pierdan. Los franceses en cambio, parecen vampiros dispuestos a aprovecharse de todo lo que se mueve mientras lo contemplan con miradita de desprecio. El guión discurre con tranquilidad, amainando el torrente de pasiones y mentiras que se mueve por debajo. Los actores cumplen a la perfección y la dirección es delicada pero contundente en el mensaje. Lo cual no será suficiente para que la película se libre de la categoría de "filme incomprendido".

En la película, además, se recita un emocionante poema de Anne Bradstreet, que incluyo aquí como exponente de la cultura norteamericana, que como todos sabemos se reduce a los perritos calientes y los Lakers: "Si alguna vez dos fueron uno, sin duda fuimos nosotros/ Si alguna vez un hombre fue amado por una mujer, ese fuiste tú;/ si alguna vez una mujer fue feliz en un hombre,/ comparaos conmigo, vosotras, si podéis./ Yo estimo este amor más que todas las minas de oro,/ o todas las riquezas que el Oriente alberga./ Mi amor es tal que los Ríos no lo pueden apagar,/ y sólo tu amor podría recompensarlo./ Este amor es tal que no puedo pagarte de ningún modo,/ Y ruego a los cielos te retribuyan multiplicado./ Entonces mientras vivamos, perseveremos tanto en el amor,/ para que cuando ya no vivamos, podamos vivir para siempre. /" (1678)

Moraleja de la película: Mujeres del mundo, casaos antes con un marciano de la familia de los Gómez, que con un francés, porque tal y como tienen montado el chiringuito, en caso de divorcio, no sólo te hacen la vida imposible, sino que además te despluman. Altamente recomendada para transportistas del fresón y para los detractores del filet mignon y del lenguado a la menier.

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