Ficha

País

UK, Alemania

Año

2003

Título original

To kill a king

Duración

102min

Dirección

Mike Barker

Guión

Jenny Mayhew

Reparto

Tim Roth, Dougray Scott, Rupert Everett, Olivia Williams

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Crítica de Matar a un rey
Autor: bronte
Fecha: 08/02/2004.
Póster Matar a un rey

Matar a un rey

Digerido por bronte

Pues va a ser que es cierto. Existen más guerras civiles que la española y la americana. Una de las primeras, sin ir más lejos fue la inglesa. Pero es que ya se sabe. Los ingleses suelen llevar la delantera en todo. Por lo menos desde el Siglo XVII. En "Matar a un rey", se repasa ese período de la historia en la que la magna corona inglesa se convirtió en una república, pero sin demasiado rigor academicista, y sin pararse mucho en los hechos y cohechos que marcaron el gobierno de Oliver Cromwell. Y que no se repita. Que sin el "God save the queen" el movimiento punk no sería nada.

El guión de la recién llegada Jenny Mayhew prefiere basarse más bien en la relación entre el puritano Cromwell y su protector, Lord Fairfax, personaje este último no excesivamente conocido por esas masas hambrientas de saber más de historia, y que sin embargo en este filme parece el protagonista de todo el cotarro. Y no es de extrañar, teniendo en cuenta que al tal Thomas Fairfax lo interpreta Dougray Scott, que mira tú por donde, también resulta ser el productor de la película. Lo que explica tal densidad de planos con la bonita cara de Dougray en medio. Cosa curiosa la de este actor, al que la cámara adora, siempre que vaya de época, porque luego en las instantáneas tomadas en ruedas de prensa y demás bacanales, deja bastante que desear.

Como Oliver Cromwell, auténtico armadanzas de la cosa, un Tim Roth caracterizado con una verruga en la frente, a cuyo respecto lo mejor que se puede decir, es que tiene patas. Sí, mis queridos lectores. De otra manera es totalmente incomprensible el paseo que tal la excrecencia se da por el frontal del actor, de escena a escena. Ora está al lado de la ceja, ora al lado del nacimiento del pelo, ora cerca de una patilla... Describiendo el paseo de una hormiga dipsómana. Pero nada comparable a la muy larga cara de Rupert Everett como Carlos I. Que si el Greco lo pilla, lo demanda por plagio.

A lo que iba. Efectivamente, el guión prefiere quedarse entre bambalinas y mostrarnos la relación entre al parecer los dos grandes artífices de la revolución. Para ello, presenta a Oliver Cromwell como un plebeyo torpe y fanático puritano, y en contraposición, a un Lord Fairfax, noble, guapo, justo, amante de su casa, con su camisita y su canesú y todas esas cosas que componen al héroe clásico. Así que, aunque la película intente pasar por un retrato fiel y crudo de la época, no hay más que mantener los dos ojos abiertos para darse cuenta que entre cámaras al hombro, y mugre en las uñas, no hay más intención que la de presentar la típica historia épica de amistad en tiempos difíciles. Ese cierto maniqueismo, mata cualquier intención de mirada aséptica (aunque todos sepamos que eso es imposible en el cine, diga Medem lo que diga). Lamentablemente, tampoco alcanza el tono de gesta heroica. A los personajes les falta humanidad y calado. Así que es esta una película que se queda entre Pinto y Valdemoro, o para ponernos más en el caso, entre Plymouth y Brighton.

Afortunadamente, de paso que se medio indaga y se medio profundiza en esta superficial relación cinematográfica, se van haciendo leves reflexiones sobre la importancia que la revolución de Cromwell tuvo en el devenir de Europa y por lo tanto en el mundo civilizado. Y es que el cambio de súbdito a ciudadano, tuvo lugar en primera instancia en Inglaterra, y sólo siglo y pico después cristalizó en Francia. O el origen del poder, primero emanante de Dios, y ahora del pueblo. Todas ellas son cosas que debemos a Don Oliverio en primer lugar, aunque le adjudiquemos el mérito a los "galoises". La película también muestra como los movimientos revolucionarios suelen desembocar en engendros aún peores que los que combaten (cosa que también hicieron los franceses con su gobierno jacobino de terror). Y Lord Fairfax, no podrá hacer nada para evitarlo. Pero alegra la vista.

Por otro lado, llamar la atención sobre la querencia del director, Mike Barker, por los planos cortísimos, los juegos con la profundidad de campo, y las panorámicas difíciles, que en más de una ocasión pueden dificultar la identificación del espectador con el muy tradicional tratamiento de la historia de amor y la de amistad (Con Lady Fairfax la primera, y con Cromwell, la segunda, conste en acta). La puesta en escena no desmerece, con unas buenas localizaciones y figurines, a los actores no les importa que se les adivinen las patas de gallo y en general la película se deja ver. Eso sí, que nadie deje de apreciar el tufillo de orgullo nacional que desprende esta producción inglesa (lo cual tampoco es raro).

Recomendada por lo tanto, para esteticiennes de manos rápidas y para revolucionarios que hayan nacido ayer. Puntuacion