Ficha

País

USA

Año

1984

Título original

Indiana Jones and the temple of doom

Duración

118min

Dirección

Steven Spielberg

Guión

George Lucas, Willard Huyck, Gloria Katz

Reparto

Harrison Ford, Kate Capshaw, Jonathan Ke Quan, Amrish Puri

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Crítica de Indiana Jones y el Templo Maldito
Autor: sensillo
Fecha: 21/09/2004.
Póster Indiana Jones y el Templo Maldito

Indiana Jones y el Templo Maldito

Digerido por sensillo

Desde hace ya muchos años está instalada en Hollywood una tendencia a despojar de magia el cine, salvo alguna que otra excepción que, por lo general, suele tener la consideración de excentricidad. No me estoy refiriendo, por supuesto, a introducir elementos sobrenaturales en el guión, sino a la renuncia a crear un universo de fantasía: ese algo tan difícil de definir pero tan fácil de percibir en todas aquellas películas que recordamos como especiales.

“Indiana Jones y el templo maldito” posee ese punto de candidez que aún se podía encontrar en los ochenta, cuando no se había fraguado ese absurdo pudor que empuja ahora a que bocanadas de mundanidad atraviesen la pantalla e invadan toda la atmósfera de la película. No hay ninguna necesidad de mostrar al héroe cortándose las uñas de los pies, ni de exhibir en pantalla lo que ha sido una ardua labor de documentación para conseguir una precisa contextualización histórico-geográfica en algunos aspectos concretos a capricho del director. Volviendo a ver a día de hoy la película, desde esta redacción seguimos sin echar en falta nada de eso.

Dejando al margen el innegable poder de las modas, se podría pensar que esta manía por el verismo a toda costa es un método para acercar más la historia al espectador. Películas como ésta demuestran que es totalmente innecesario. Es innegable que “Indiana Jones” ha sabido conectar perfectamente con el público, y eso sería imposible si realmente la historia se viera desde la lejanía. No importa que los acontecimientos sean poco verosímiles y que toda la acción se desarrolle en un entorno claramente quimérico. Para el espectador es realmente un deleite escaparse durante hora y media a ese mundo ilusorio, ver cosas que jamás presenciará fuera de las pantallas de cine y participar en todo lo que le están contando. Y no por ello “Indiana Jones” resulta más lejano, pues todos nos hemos visto infinidad de veces en su misma situación, aunque nunca nos haya perseguido una albóndiga gigante de cartón piedra o hayamos estado a punto de morir aplastados por una habitación menguante. Esa es la grandeza de los arquetipos, a la vista de quien lo quiera ver. No faltará, sin embargo, quien pretenda que Spielberg se disculpe por haber malgastado celuloide en un espectáculo de entretenimiento.

En efecto, “Indiana Jones y el templo maldito” es tan entretenida que a poco que se descuide uno puede terminar de ver la película sin percatarse de lo buena que es: desde la misma puesta en escena, que es brillante, hasta el final de la película. Si consiguen evadirse de la película para analizarla con un poco de frialdad se darán cuenta de hasta qué punto es toda una lección de narración cinematográfica. El reconocimiento de la gente más “seria” no le vendría hasta “la Lista de Schindler”. No obstante, en mi opinión el mejor Spielberg se encuentra en la trilogía de “Indiana Jones”.

Como en las otras dos películas, el arqueólogo más famoso del mundo parte en busca de una codiciada reliquia del pasado para terminar encontrándose a sí mismo, irse con la chica y perder la maquinilla de afeitar por el camino. Dándole un respiro al Tercer Reich, en esta ocasión Indiana Jones se enfrenta a una oscura y sangrienta secta hindú que, mientras se encuentra a la espera de conquistar el mundo, se dedica a incinerar figurantes durante espectaculares performances y a dar honrados puestos de trabajo en el sector minero a un enjambre de niños que al final de la película vuelven a sus casas con una profesión aprendida.

La película tiene muy bien medidas las dosis de acción y de humor, manteniendo un tono casi paródico sobre las películas de aventuras exóticas tal que sólo se puede conseguir conociendo los resortes del género. No es una fácil burla, sino un sincero y afortunado homenaje.

Recomendada a conductores de montaña rusa sin la “L”, a aficionados a los coros religiosos y adictos al látigo. Puntuacion