Ficha

País

USA

Año

2004

Título original

Garden State

Duración

109min

Dirección

Zach Braff

Guión

Zach Braff

Reparto

Zach Braff, Natalie Portman, Ian Holm, Peter Sasgaard

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Crítica de Algo en común
Autor: bronte
Fecha: 30/03/2005.
Póster Algo en común

Algo en común

Digerido por bronte

Película para la chavalada, que abusa de demasiados tópicos como para ser enmarcada. Enésima historia sobre adolescentes buscando su identidad, aunque en este caso los adolescentes ya estén bien entrados en la veintena, acercándose a los treinta. Y no es broma. Nos encontramos ante la ópera prima de Zach Braff, y como en toda primera obra, la cosa apesta a autobiográfica.

La historia acomete la peripecia vital de un chico, que después de nueve años en Los Ángeles buscando fortuna como actor, vuelve a su casa natal en Nueva Jersey para el entierro de su madre, además de para entretener al espectador con un master en píldoras y ensimismamiento. De ahí el título original de la película, pues de todos es bien sabido que en USA, cada estado tiene su vocativo, y el de Nueva Jersey es "The Garden State", de la misma manera que el de Nueva York es "The Liberty State". Y no se necesita explicar por qué. La película alegrará la pestaña a todos aquellos que hayan estado de correrías por el estado de los jardines, pues por ahí se mueve la cosa, (hasta se habla de Rutgers, la universidad más famosa del lugar, donde por cierto, ponen el pollo más picante del planeta). Pero si para empatizar con una película, hay que haber visitado las localizaciones, apaga y vámonos. Lo más seguro es que al espectador español, al de toda la vida, al que se va de vacaciones a Blanes, la cosa le deje frío. Aunque todos aquellos snobs que aún se crean adolescentes (y viceversa), sabrán encontrarle cierto puntillo.

Como decía, el chico, Andrew Largeman, bastante pánfilo y peculiar, vuelve a su "hometown" donde tiene que enfrentarse a sus fantasmas (en sentido metafórico). Allí conoce a Sam, otra bastante singular, interpretada por Natalie Portman. Y a partir de aquí, pues muchos diálogos, todos ellos muy naturalistas, algunos bastante insustanciales, y otros pretendidamente profundos. En esta última categoría, se salva con nota el que Sam y Andrew mantienen en la piscina, y en el que se aborda el tema del complejo de Peter Pan que parecen sufrir la mayoría de los que ahora rondan la treintena, tanto por arriba como por abajo. Dicen por ahí que esta es la película de una generación. Si se refiere al gusto de esta generación por los psicofármacos, hasta se podría estar de acuerdo. Pero sin embargo, en cuanto a todo lo demás, usa los clichés con tanta generosidad, que podría ser la película de cualquier generación que no le pida mucho a un filme.

Entre estos clichés están unos personajes bastante estereotipados. Y no contento con ello, el autor crea también unas relaciones estereotipadas entre los mismos. Es como un tour por los lugares comunes del cine menos esforzado. Desde la madre pasada de rosca que se acuesta con el amigo de su retoño, hasta el padre castrante que destroza la vida de su hijo. Y también desgracias, muchas desgracias de esas, que viendo estas películas, pareciera que son de lo más común, y que a mí sin embargo se me antojan bastante infrecuentes. Pero se supone que esto dota de mucho más impacto a los personajes. No es lo mismo "un chico que vuelve a casa", que "un chico que vuelve a casa y se le cae encima el reactor de un avión" o "un chico que vuelve a casa y que lleva diez años sin dejar de hipar por entrar en el Guinness". Con todo, los personajes, sobre todo el de Andrew, se hace entrañable, más por la acertada interpretación del chico que porque el propio personaje sea una maravilla de concepción. El caso es que consigue que el espectador siga con interés su prácticamente inexistente historia, construida a base de una buena fotografía y mucha ingenuidad.

Sin embargo, pese al barniz de profundidad (perceptible sobre todo en el ritmo pausado de la cosa, en los planos estáticos, y en que los personajes hablan mucho mirando al infinito), el espectador avispado se dará cuenta de que no estamos más que ante otro producto para los "teen" (que ahora abarcan hasta los treinta), deseosos de que alguien les diga "sí, yo tampoco comprendo el mundo y el mundo tampoco me comprende a mí". Y si hubiera alguna duda sobre el carácter infantiloide de la cosa, presten atención al intento infamante de vendernos la banda sonara sea como sea. Para ello, numerosas secuencias en las que los personajes no hacen nada del otro mundo, como por ejemplo ir en moto, pero eso, sí, acompañadas del sempiterno último megaéxito de rock (si Rocky IV levantara la cabeza...). Los actores están en su sitio, cumpliendo en un producto de estas características (no se nos olvide que el cine americano, por muy malo que sea, siempre tiene un oficio intachable). Ahora bien, donde la película realmente se sale del tiesto es el final pirotécnico que le han encajado. Claro que teniendo en cuenta el "público objetivo", es posible que de haber puesto cualquier otra conclusión, los espectadores enfurecidos hubieran plantado fuego a la sala, utilizando como combustible los cartones de las palomitas. Y para que nos vamos a engañar, ver un final así, siempre alegra el cotarro.

Se deja ver sin provocar urticaria, sobre todo gracias a sus buenas intenciones, aunque los cuerdos no se sentirán muy identificados con la trama. Menos mal que ahí estaba Peter Sarsgaard para resarcir a todos aquellos que ya hayan pasado la edad del pavo. Recomendada para comedores depresivos y obsesivo-compulsivos de pollo infernalmente picante.
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