Ficha

País

USA

Año

1973

Título original

Soylent Green

Duración

97min

Dirección

Richard Fleischer

Guión

Harry Harrison, Stanley R. Greenberg

Reparto

Charlton Heston, Leigh Taylor-Young, Chuck Connors, Joseph Cotten, Brock Peters

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Crítica de Cuando el destino nos alcance
Autor: bronte
Fecha: 24/10/2005.
Póster Cuando el destino nos alcance

Cuando el destino nos alcance

Digerido por bronte

La moda dice que para referirse hoy en día a Charlton Heston hay que hacer mención de su militancia en la Asociación del Rifle mientras se suelta una risita malévola. Llámenme sentimental, pero cuando yo pienso en Charlton Heston lo que se me viene a la cabeza es el "actor-axioma", como le llamaban en "Cahiers du cinema", el símbolo épico de grandes filmes como "Ben-Hur" o"El señor de la guerra", el impulsor de joyas como "Sed de mal", o el mejor defensor de la nueva ciencia ficción de los años setenta, con cintas como "El último hombre vivo", "El planeta de los simios" o "Cuando el destino nos alcance". Futurismo negro que hoy más que nunca sigue vigente. Es lo que tiene ser políticamente incorrecta.

Atendiendo a estos últimos filmes, no es raro que el bueno de Charlton no quiera desprenderse de su amada escopeta, si es que es verdad que éste es el mundo que se nos avecina. Como dato inicial, se podría apuntar que "Cuando el destino nos alcance" ("Soylent green" en el título original), está basada en una novela de Harry Harrison titulada algo así como "¡Hagan sitio, hagan sitio!". Y es esto uno de los mejores aspectos del filme: la recreación de una ciudad de Nueva York en 2022, con 40 millones de habitantes, 20 de ellos en paro, y gente hacinada en los portales, las escaleras, las calles... Allí donde uno pueda fijar la vista. Un mundo superpoblado en el que la naturaleza ha desaparecido y en el que la sociedad se ha trasmutado en una nueva Edad Media.

Desaparecida la clase media (punto en el que ya se están aplicando con denuedo los actuales gobernantes), el mundo de "Soylent green" se divide en una gran masa hambrienta, y una élite oligárquica que vive con las facilidades que a los demás les son vetadas por nacimiento. Un nuevo sistema feudal, en el que no falta el derecho de pernada, transformado aquí en unas bellas jóvenes parte del mobiliario de los ricos. Cuando éstos desaparecen o dejan la casa, será el nuevo inquilino el que decida si se queda con el mueble femenino o le da una patada en las hermosas posaderas. Ni que decir tiene que productos de primera necesidad que ahora desperdiciamos con gracia sin par en tomatinas y en fiestas de la espuma varias, son bienes escasos en esta nueva sociedad. El agua es un bien de lujo (¿les suena?), y lo único que hay para comer son unas galletas de colores llamadas "Soylent". El nombre de Soylent quiere significar algo así como Lenteja de Soja, y aunque esta película es del año 73 parece que ya no estamos lejos de ese mundo de sucedáneos. "Cuando el destino nos alcance" es una de las primeras películas que trató el desequilibrio ecológico y sus consecuencias que ya hoy en día empezamos a percibir. En este sentido, este filme, es el compendio de las preocupaciones que en aquella década ya empezaron a preocupar a los seres humanos. La superpoblación, la desigualdad y los intereses económicos en contra de un desarrollo sostenible.

En este ambiente apocalíptico, el policía Thorn (Heston), asistido por su ayudante Sol (Edward G. Robinson en su último filme), investiga la muerte del millonario Simonson. La causa de ésta es el famoso final de "Cuando el destino nos alcance", así que sabrán entender que guarde silencio al respecto, y no destripe la intriga policial, auténtica espina dorsal de la historia. Pero puedo adelantar que es un final tan pesimista como el de la famosa película de los simios, o la del hombre Omega. En la cinta que nos ocupa, casi se podría decir que la pesquisa, bastante simple, es la excusa que el director, Richard Fleischer, ya ducho en el tema de la fantasía y la ciencia ficción (suyas son "20.000 leguas de viaje submarino" o "Viaje alucinante"), utiliza para mostrarnos un mundo de tonos amarillentos y de atmósfera opresiva. Un mundo en el que salvo los protagonistas, el resto de los caracteres carece de definición psicológica, en el que hay un intento diferenciación física. Por eso todos van vestidos iguales. Y por eso su vida vale lo mismo que los escombros, recibiendo el mismo tratamiento (en una de las escenas más duras del filme), mientras un bote de mermelada cuesta 150 dólares.

Llama la atención en este filme que, al contrario que en obras contemporáneas, la religión sigue presente en esta historia como último recurso moral de los humanos en una situación que ya no controlan, lo que no quiere decir que aparezca representada como solución de nada. También anticipa el tema de la eutanasia permitida y alentada por el estado como método de equilibramiento. Los magníficos protagonistas, Charlton y Robinson hacen gala de una química excepcional como los dos últimos "hombres" en un planeta en el que todos se han convertido en masa, y aquellas escenas que comparten probando alimentos ya desaparecidos o contemplando paisajes ya inexistentes dotan al filme de una profunda carga emotiva. Aunque haya que añadir que Heston compone un héroe duro y un tanto ambiguo tan preocupado en sobrevivir como el resto.

Un clásico de obligatorio visionado, aunque pueda parecer un tanto naftalítico al espectador postmoderno. Recomendada para adictos a la comida dietética.

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