Ficha

País

España

Año

2006

Título original

Un Franco, 14 pesetas

Duración

105min

Dirección

Carlos Iglesias

Guión

Carlos Iglesias

Reparto

Carlos Iglesias, Javier Gutiérrez, Nieve de Medina, Isabel Blanco

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Crítica de Un Franco, 14 pesetas
Autor: malabesta
Fecha: 07/05/2006.
Póster Un Franco, 14 pesetas

Un Franco, 14 pesetas

Digerido por malabesta

"Un Franco, 14 pesetas" es la opera prima de Carlos Iglesias (el popular Pepelu, el Ñapas o Benito de "Manos a la obra") como director y guionista. A medias entre Drive Cine y Adivina Producciones o, según el nuevo estándar de corrección política, una coproducción gallego-española, cuenta la infancia real del propio Carlos, pero a través de los ojos de su padre, que allá por los sesenta emigró, como tantos, a Suiza.

Suiza, ese paraíso de paz, prosperidad, neutralidad y armonía que todo el mundo ama pero en el que nadie quiere vivir, es lo contrario a la España sesentera: un país ordenado, limpio, verde, con trabajo y pagas altas, en el que los inmigrantes son tratados como iguales, y en el que todos los servicios esenciales son gratis (o al menos es la visión de la película) pero aburrido y en el que todo cierra a las seis, frente al país de curas y guardia civiles, envidia y miseria que era (hoy en día hay bastantes menos curas y guardia civiles) el nuestro, pero al que a pesar de todo los inmigrantes siempre han deseado volver. Al fin y al cabo, como dicen en "El tercer hombre": "Italia, en 30 años de dominación de Los Borgia hubo guerra, sangre, terror y muerte, pero surgieron el Renacimiento, Miguel Angel y Da Vinci. Suiza, quinientos años de democracia y paz, y ¿qué tenemos? El reloj de cuco". Y en esta dualidad se asienta la película para intentar moralizar de manera un tanto sonrojante al espectador: qué bien nos han tratado los suizos y que malos somos ahora con los inmigrantes nosotros. Para ello Iglesias cuenta la emigración de su padre, Martín (interpretado por él mismo) y su amigo Marcos (Javier Gutiérrez), tras ser despedidos de la fábrica en la que trabajaban.

En Suiza terminan encontrando trabajo en una fábrica y alojamiento en la posada de Hannah (Isabel Blanco), en la que también cura sus soledades Martín. Llamados por la prosperidad, al país también viaja su familia: su hijo y su mujer Pilar (Nieve de Medina). Todo les va de maravilla hasta que la morriña pica, y deciden volver a España, con sus miserias. La historia es la de la familia de Carlos Iglesias, y éste no ha sabido limar del todo la colección de anécdotas y vivencias suyas y de su padre para convertirlas en una película de verdad, por lo que el guión va dando bandazos todo el tiempo, sin terminar de centrarse bien en lo que quiere contar. Se tocan demasiadas cosas que quedan sin cerrar o son concluidas de una manera bastante abrupta. Cuando llega el final de la película, nos encontramos con que tiene que aparecer un personaje, como si de un sermón de misa se tratase, a recordarnos la moraleja, por si no estaba clara.

Cosa bastante complicada, porque como director y guionista, Iglesias es de todo menos sutil: si hay que recalcar lo bien que se vivía en Suiza y lo mal que se vivía aquí, él lo hace poniendo a sus protagonistas en un sótano sin luz, siempre sucio, al que los vecinos tiran la porquería y con una familia bordeando la miseria, mientras que Suiza es un rico vergel en el que los desayunos son gratis, las mujeres solícitas, y todo es maravilloso. Si hay que recalcar lo buenos que son los suizos, todos son sonrisas y ayuda, mientras que los españoles aparecen como unos envidiosos, unos ladrones y unos timadores, y hasta bastante más sucios. En esta visión de lo bien que se vive en el extranjero, se olvida Iglesias de retratar a esos otros inmigrantes, de los que también hubo muchos, que se fueron porque habían perdido su trabajo y más que su fortuna hicieron su miseria en el extranjero, explotados por los nativos o bien por otros españoles, que de eso también hubo, para terminar regresando igual de pobres y darse cuenta de ahora habían perdido también a su familia.

Este maniqueísmo se extiende al plano visual, y todo lo relacionado con España está retratado con colores oscuros, casi de luto, y con abundancia de espacios cerrados en edificios destartalados, mientras que en Suiza todo son espacios abiertos, lagos, bosques y prados verdes, y todo está pulquérrimo como si de un anuncio de detergente se tratase.

El reparto destaca ante todo porque todos están bastante implicados emocionalmente en la trama, siendo hijos o parientes de emigrados (y quién no, al fin y al cabo). Carlos Iglesias todavía tiene mucho que aprender, especialmente a la hora de enfrentarse a las escenas dramáticas, y sin duda la mejor del reparto es, con diferencia, Isabel Blanco que, gallega de origen, interpreta a una italiana emigrada a Suiza, y se maneja con soltura en los dos idiomas. El resto de las interpretaciones son bastante normalillas, aunque hay que decir que su labor se ve un poco afeada por la falta de soltura de Iglesias como director a la hora de manejar a sus actores y sus diálogos, con escenas que están llenas de momentos muertos y silencios que no pocas veces terminan por destrozarlas.

Lo que salva a la película es sin duda la emotividad que transporta, no sólo porque el guionista esté contando su vida y esté, al fin y al cabo, basada en hechos reales, sino también porque estos hechos, además de reales, son frecuentes, y todos tenemos un pariente (o más de uno, dependiendo de si se es gallego o no) que ha emigrado y ha vuelto para contarlo, generalmente a sus nietos.

En fin, una película que aunque no es buena, sabe aprovechar bien un momento y una temática para empatizar con el público, de manera que no llega a aburrir. Casi nunca. Recomendada para abuelos con necesidad de renovar el repertorio. Puntuacion