Ficha

País

UK

Año

1981

Título original

Chariots of fire

Duración

123min

Dirección

Hugh Hudson

Guión

Colin Welland

Reparto

Ian Charleson, Ben Cross, Ian Holm, John Gielgud, Nicholas Farrell

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Crítica de Carros de fuego
Autor: bronte
Fecha: 08/06/2006.
Póster Carros de fuego

Carros de fuego

Digerido por bronte

La película no está mal, pero de no ser por la mítica banda sonora de Vangelis y sobre todo por el tema tratado, que da para mucho lucimiento, posiblemente habría pasado con más pena que gloria. Es también por eso que ahora ya poca gente se acuerda de ella, y la que se acuerda tampoco es que la tenga en especialísima estima. Pero en su momento, aun impactó a tres o cuatro que todavía no estaban curados de espanto con el tema de la cámara lenta.

Así que insistiré en lo de la música de Vangelis, tan "espacial" como todas las suyas, algunas buenas, otras malas. Entre las malas, sin lugar a dudas la que "incrustó" en "Alejandro Magno", entre las buenas, "Blade Runner" y esta "Carros de fuego", de tal manera que constituye una referencia por sí misma, y todos los habitantes del mundillo audiovisual saben que si quieren expresar la grandeza del esfuerzo físico, no hay como poner esta B.S.O., que ya el respetable lo va a pillar al vuelo.

Luego está el uso de la cámara lenta. El ABC del cineasta. Si quiere usted enfatizar y magnificar una acción, pásela a cámara lenta. Carreras a ralentí por aquí, carreras a ralentí por allá. Ahora bien, que se vea el truco, la utilización descarada de la técnica para crear artificialmente la emoción, no quiere decir que no haya momentos emocionantes. Y no sólo eso. También momentos hermosos y estéticos. En gran parte, por la dirección artística y por los elementos que llenan la vista del espectador, no olvidemos que esta película ganó el Oscar al mejor vestuario. Además del Oscar al mejor guión, a la mejor película y a la mejor música.

"Carros de fuego" recrea la peripecia real, de una manera un tanto libre, de dos corredores británicos que acudieron a los Juegos Olímpicos de París de 1924. Para ello, abunda más en las condicionantes personales de cada uno de ellos que en el desarrollo detallado de su historia. Se insiste en cómo la religión afectaba a cada uno de ellos: el uno era judío y utilizaba el deporte para sentirse integrado (y de paso darles en las narices a los que le desprecian), y el otro, misionero en China, corre para agradar a Dios. De esta manera se desarrollan las dos tramas paralelas, prácticamente no coincidentes, más allá de que ambos pertenecen al mismo equipo y que los dos viajan a la ciudad del Sena en las mismas fechas.

Lo peor de todo es, indudablemente, esa festructura de flashback que obliga a crear un presente para introducir la historia en la que el encargado de maquillaje deja claro que mucho mejor hubiera sido que se hubiera dedicado a los billares. Las caracterizaciones de los personajes como ancianos deja mucho que desear. Pero ya sólo la inclusión del presente deja mucho que desear por inutil y prescindible.  Por otra parte, y pese al Oscar al mejor guión, aunque los personajes están cuidadosamente descritos en el plano psicológico, no son capaces de representar nada más allá que a ellos mismos, y es ésta la razón por la que "Carros de fuego" no es un clásico del cine, pues teniéndolo todo, se queda a medio gas. El tema de la cinta en sí, el deporte, tiene un tratamiento plano, más propio de un telefilme que de una gran película, y es gracias a la emoción que la práctica física conlleva que la película tiene algo de gracia.

Por muy lejanos que nos queden los personajes, uno siempre quiere ver ganar al caracter que le cae más simpático o que es más agraciado. Y más si el asunto está representado con el romanticismo que se les supone a las primeras Olimpiadas modernas, tan alejadas del merchandising y el dopaje. Insistencia aquí para la música sonora de Vangelis, que conseguría que hasta la enésima bajada de pantalones de Boris Izaguirre pareciera algo interesante.

Yo creo que con perspectiva es Ian Charleson, quien encarna al religioso Eric Liddell, el actor que definitivamente se queda con la película, pese a los intentos de Ben Cross por acaparar la atención con su  "enfadado con el mundo"  judío. Ian Holmes, a pesar de una buena interpretación, como todas las suyas, desmerece por la caracterización, una vez más, y John Gielgud hace de Sir, que para algo lo llevaba en la sangre. La dirección de Hugh Hudson, un director poco profuso, y con algún que otro resbalón, salva dignamente la película, aunque deja ver que casi le salió de casualidad.

Recomendada para todos aquellos que pagan el gimnasio, y además van. Puntuacion