Ficha

País

USA, Alemania

Año

2006

Título original

Running scared

Duración

122min

Dirección

Wayne Kramer

Guión

Wayne Kramer

Reparto

Paul Walker, Cameron Bright, Vera Farmiga, Karel Rodel

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Crítica de La prueba del crimen
Autor: bronte
Fecha: 02/08/2006.
Póster La prueba del crimen

La prueba del crimen

Digerido por bronte

Dura un poco más de dos horas, pero cunde por dos días. Wayne Kramer, el director de “The cooler”, vuelve en el género de los fuera de la ley con más vidilla que en la anterior ocasión pero con la misma poca fortuna. Joey Gazelle (Paul Walker) es un ganster de poca monta, que en vez de tirar las armas de los crímenes bien lejos, como bien le conminan sus jefes, se dedica a guardarlas en el cajón de los cubiertos de casa.

Como esta gente vive en comunión, y no se integran en los barrios ricos ni por casualidad, su vecino de al lado es un ruso majareta que pega a su mujer y a su hijastro, también rusos como las matrioskas. El niño ruso es Cameron Bright, también conocido por habernos puesto los pelos de punta en producciones como “El envíado” o “Reencarnación”, titulos ya suficientes como para aterrorizarnos recordando lo malas que eran estas películas, y sobre todo, la cara de hijo del maligno que tiene este pobre chiquillo.

Como en el mundo del cine no se tiende a encasillar a los actores, en “La prueba del crimen” aquí tenemos otra vez al bueno de Cameron haciendo de niño satánico, pero con tan mala suerte, que su adscripción infernal, a fuer de poner siempre la misma cara de trance, en vez de animar un poco el cotarro, contribuye aún más a hacerlo tedioso y largo. Muy largo.

Para centrarnos en el argumento, diré que el niño ruso coge una de las pistolas tan hábilmente guardadas por Gazelle y le pega un tiro a su padrastro. A partir de este momento, asistimos a la persecución desesperada del guapito de Walker intentando encontrar al niño, aunque él en realidad lo que quiere es recuperar la pistola, porque sabe que es hombre muerto por sus jefes si la policía da antes con ella. Toda la trama transcurre en una noche, y pasan cientos de miles de cosas. Millones de personajes. Trillones de disparos. Por supuesto si una x marca el tesoro, una barra americana marca una mala película. Aquí las stripers ni tanga llevan. Barras americanas, prostitutas, proxenetas, camellos, ladrones y hasta pederastas aparecen en esta película.

Y como si encaje de bolillos se tratara, pero en plan macarrónico, las tramas aparecen y reaparecen, haciéndole imposible la vida a nuestros amiguitos. Al final el guión da una información inesperada que huele a chamusquina en cuanto al honor del guionista (misma persona que el director), y cuando parece que la película va a acabar con dignidad, la historia hace ahí un jetté-grand jetté que nos confirma que Wayne Kramer no tiene ni átomo de vergüenza en su cuerpo.

El estilo fílmico es, como se conoce técnicamente, de mucho remeneo. La cámara da un pasito p’alante, un pasito p’atrás, porque es muy caliente y fría. Lo mismo, los filtros que pasan del narajan butano al azul gélido sin ningún tipo de sonrojo. Demasiado pim-pam-pum para una historia que entre tiros y troyanos, nos viene a hablar de lo guay que es la familia de Gazelle y de lo mucho que se quieren.

Pese a todo, me consta que será capaz de captar la atención de los muy animosos, porque entre tanta escena, algunas tienen su mérito y todo. Es cosa de la probabilidad. Recomendada para gente que guarda las pilas usadas en la mesilla de la habitación.
 

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