Ficha

País

España, Francia, USA

Año

2006

Título original

Alatriste

Duración

142min

Dirección

Agustí­n Díaz Yanes

Guión

Agustín Dí­az Yanes

Reparto

Viggo Mortensen, Unax Ugalde, Javier Cámara, Eduardo Noriega, Juan Echanove, Ariadna Gil, Elena Anaya, Pilar López de Ayala, Blanca Portillo

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Crítica de Alatriste
Autor: bronte
Fecha: 01/09/2006.
Póster Alatriste

Alatriste

Digerido por bronte

Que el vano oropel no ha de cubrir nuestros ojos: "Alatriste" es una película española. Dícese del filme en el que la lentitud iguala al aburrimiento, amén de proporcionar numerosas incongruencias que causan el sonrojo y aún el enfado de los que están llamados a tener benevolencia cuando todo ha acabado. Es esta historia como la de aquel que quiso matar a la gallina de los huevos de oro, y me refiero a la cinta, no al escrito de Don Arturo Pérez-Reverte, que Dios le tenga en su gloria, cuando su momento llegue y que sea en años distantes. Y es que teniendo cinco libros, tan fácilmente convertibles en cinco hermosas películas, el director, Don Agustín Díaz Yanes, ha tirado por la calle del medio haciendo tan farragoso mejunje de las cinco aventuras, que no sólo no ha dejado ocasión para una nueva entrega, sino que además sume al espectador en un revoltijo de batallas y caballerías, de difícil entendimiento aunque se ande cumplido de sesera. Que ausente anda la historia en este dime y direte de grandes  y  mercenarios.

Que tan pronto están en Flandes, como en Rocroi, como parten de Madrid a Cádiz y vuelven a la villa y corte. Que el tiempo parece que se alarga como se alarga un día sin pan rezagado en la Cuesta de la Vega, y que tan buenamente ha pasado un año de nuestro señor, sin que nadie acierte a discernir el porqué de ese salto tan meridiano, como se congela en las largas batallas que trufan la historia, sin parecer que tengan ni oficio ni beneficio, ni mucho menos intención y razón de ser en la película que el desvelo nos arrebata. Y todo ello retratado con la visión rácana de alcahueta en el ocaso, que ni se ve el Madrid, ni se ve el Siglo de Oro por parte alguna, ni se ve el palacio.

Que el licenciado Díaz Yanes, pese a su reputación de él que le precede como guionista, sólo Dios sabe si merecidamente, no ha sabido despitañarse los ojos a conciencia, y lleno de legañas ha confundido un guión cinematográfico con una novela tan luenga como las que hacía Don Miguel de Cervantes, aunque sin la gracia, sin el ingenio, sin la prosapia, y sin el entendimiento. Y de esta manera, los personajes aparecen y desaparecen, sin que en la obra que aquí se presenta ante nuestra vista se haya tenido la discreción y la finura de presentarlos convenientemente a aquellos que no conocen sus hazañas de modo previo, y sin que haya forma, al menos humana, de entender de qué lado están o cuáles son sus intentos. A quién sirven, o por quién perecerán. A dónde van, o de dónde han venido para este dispendio.

Que pongo yo mi honor en juego a que el gran Lope retorciéndose con dolores tudescos está en su tumba, al ver cómo la comedianta de nombre Ariadna Gil, asesina sin compasión ni extrañamiento a su Diana querida, que ni comía ni dejaba comer. Que no es sólo la pastosidad de su voz, o el soniquete como de vender aloja, que no hay sentencia que no la acabe como un orate clamaría al cielo. Que son además sus brazos, que nos ha convertido a la Diana en manca de los dos lados, que los tiene tan quietos, de manera tal, que parece que temiera que la propia Inquisición la acusara de agitadora. Está la tal Ariadna acompañada en esta voz que ni es voz ni vez en la pescaría, por medio reparto, que andan todos roncos y afónicos del alma, que ni se les entiende, ni se les quiere entender, por miedo a que comprometan la suerte de los que les ven. Y que queden en esta lista los nombres de Elena Anaya, Unax Ugalde, Francesc Garrido, Eduardo Noriega y tantos otros que recitan sus textos como si del pregonero en albarda se tratara. Y póngase delante de todos ellos Viggo Mortensen, gran actor del nuevo mundo, que queriendo fingir un acento que no es el suyo, ha conseguido emular a Demóstenes, pero cambiando las piedras en la boca, por patatas.

Que pasan sin pena ni gloria, Blanca Portillo, vive Dios que no hiciera falta que una mujer encarnara a un hombre en estos tiempos de gracia, y Juan Echanove, que aún siendo orondo su cuerpo, sigue siendo Don Francisco de Quevedo muy grande para su calaña. O Pilar López de Ayala, tan desaprovechada en una entrada y salida, que parece que no quisiera partir de entrecajas. Y vengan los ayes de triunfo para Eduard Fernández, que qué gran pareja hubiera resultado con el señor Don Viggo de no estar éste desnortado como paloma en el polo, y salvas para Jesús Castejón, de voz diáfana y tronadora, y vengan los vítores para Javier Cámara, al que entenderán vuesas mercedes, y no sólo en lo hablado, sino también en lo pensado. Que no compensa en modo alguno el que de vez en cuando se quiera retratar a aquel gran pintor de la corte, que Velázquez le llamaban, copiando mal sus cuadros. Que en "La rendición de Breda" tiene que haber un fondo claro bajo la llave, habiéndolo convertido todo el empresario, el cuadro y la película, en noche oscura de lejano corolario.

Salvemos pues para el convite la emocionante escena final en Rocroi, en la que el escribano quiso mostrar el desgarro de aquellos tiempos bárbaros, pero, pareja, la nobleza y gallardía que nunca más han de volver. Que son sus líneas sacadas mismamente de su puño y letra las únicas que merecen no perecer en una letanía de palabras somnolienta y confusa. Salve su generosidad aquel instante en el que el Duque de Enghein ofrece una rendición pactada, en virtud de su valentía y calidad a Alatriste y sus adláteres, respondiendo el capitán con la bizarría que un día hubo en estas tierras: "Gracias, pero este es un tercio español".

Hacedme caso al consejo, y cumplid vuestras noches en leer las auténticas aventuras de aquel soldado al que llamaban Alatriste y dejad la película para charlatanes y titiriteros, que han de ser estos los únicos que se vanaglorien de la componenda.

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