Ficha

País

España, UK

Año

2006

Título original

Salvador (Puig Antich)

Duración

134min

Dirección

Manuel Huerga

Guión

Lluís Arcarazo

Reparto

Daniel Brühl, Tristán Ulloa, Leonardo Sbaraglia, Leonor Watling, Ingrid Rubio, Celso Bugallo

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Crítica de Salvador (Puig Antich)
Autor: malabesta
Fecha: 18/09/2006.
Póster Salvador (Puig Antich)

Salvador (Puig Antich)

Digerido por malabesta

"Salvador" es una coproducción hispano-británico- catalana que ha resultado ser del gusto de muy pocos: a los compañeros y militantes del MIL (Movimiento Ibérico de Liberación) les parece un producto comercial que pervierte la figura de Puig para convertirlo en una especie de superhéroe antifranquista, lejos del activista antisistema que dicen que fue, al público informado le parece una manipulación de la verdad para dar lugar a una película lacrimógena, al público medio le parecerá un aburrimiento y a mí también me lo pareció. Probablemente la película de Manuel Huerga se tenga que llevar los Goya en una carretilla, pues tiene ese tufillo a ingeniería lacrimal que también salía de "Mar adentro", y recupera a una gran figura de la lucha contra la dictadura, por encima de los intentos del régimen de desvirtuarla, por encima del olvido, por encima de la realidad y por encima del propio Salvador, que como El Cid, ya no puede protestar cuando lo suben al caballo, y bien vale para convertirlo en mártir.

Salvador Puig Antich fue un anarquista, militante del MIL, condenado a muerte y ejecutado por el régimen franquista allá por 1974, parte de la historia reciente de España, que debiera ser conocida más o menos por todos, y que además me autoriza a destripar la película con pelos y detalles sin miedo a chafarle el final a nadie. El guión de Lluis Arcarzo es, siendo breve, un insulto a la inteligencia. No porque sea especialmente malo a nivel técnico, que también tiene sus defectos, sino porque la lectura ideológica que cualquiera puede hacer es poco menos que sonrojante. Basado en un libro de Francesc Escribano, que a la sazón es el director de TV3 que, mira tú por donde, coproduce la cinta (así son las cosas en el mundo del blanqueo de dinero subvencionado), nos presenta a un Salvador Puig que bien podría estar sacado de un tebeo de "El guerrero del antifaz", si en lugar de luchar contra Franco lo hiciese contra los moros. Es un buen hijo (que se va de casa para evitar que su padre sufra por sus actividades políticas), tiene una moral incorruptible (cuando la mujer de la que está enamorado y que se va a casar con otro se le insinúa claramente, él la rechaza), es enamoradizo, mesurado, etc. etc. Todo muy de acuerdo con esa generación de jóvenes del 68 que se llevaban tan bien con sus padres y creían en la fidelidad y el matrimonio. Su militancia en una organización autodeclarada terrorista y con lazos claros (y también autodeclarados) con ETA se convierte en un remake de "Robin Hood". Salvador roba bancos para darle el dinero a los obreros luchadores, pero además él sólo es el conductor, nunca amenaza a nadie, y por supuesto no tiene nada que ver en el atraco "accidentado" que termina con un empleado muerto (evidentemente, de los botines Salvador sólo se queda lo justo para ir tirando, el resto se destina a luchar contra Franco). Es detenido y condenado por el asesinato de un policía, pero sigue siendo presentado a todas horas como "un preso político" (da igual que sea un delincuente común, aunque perteneciente a un movimiento disidente), aunque dicho asesinato no es más que un accidente, según la óptica de la película, porque en el fondo, Puig era un buen chaval, algo ingenuo, que se atrevió a luchar contra una dictadura contra la que ahora luchan todos, cuando eso de las condenas a muerte ya no está tan de moda.

¿Cómo se consigue que un discurso tan irreal cuaje en una película? "Salvador" afronta este problema como en general lo hacen todas las películas con afan aleccionador: considera que su público es idiota, y presenta a unos personajes totalmente polarizados, de manera que sea imposible encontrar una fisura en su argumento, pues todo es monolítico y monocolor: los buenos son buenos, los malos son malos, y el que no lo vea así es que no tiene corazón. Salvador, como decíamos, es presentado como la personificación de las virtudes, con sus manos manchadas de sangre de manera accidental. Ni un sólo defecto lo tizna, ni en un momento duda de sus convicciones, ni se viene abajo. En su lugar, incluso "convierte" a uno de sus carceleros de torturador a ser humano. En el otro lado, la policía represora, que sin duda lo fue, representada principalmente por la unidad "político-militar" que detuvo a Salvador. El tratamiento que reciben es sumamente infantil, no son más que el lobo del cuento. Todos ellos son viejos y feos, calvos y maleducados (uno de ellos lleva siempre un palillo en la boca, etc.) y disfrutan torturando a todo el mundo. Muy tramposamente, la película comienza en el momento de la detención y el asesinato, que no se nos muestra directamente hasta bien avanzada la película, para que nadie haga un juicio negativo de Salvador. Los primeros cinco minutos se pasan en la presentación de la maquiavélica trampa policial, y cómo usan por la fuerza a un compañero de Puig como cebo. Lo justo para condicionar al espectador contra ellos, a favor del protagonista. Por supuesto, el resto de las intervenciones de la brigada en la película se van en mostrarlos torturando a sus interrogados, o a quien se cruce en su camino, en escenas la mayoría de las veces gratuitas: cuando Salvador está ya en sus últimas horas, uno de los policías se entretiene en contarle a una de las hermanas Puig con todo lujo de detalles cómo funciona el garrote (ese método tan español de ajusticiar, que tanto Franco como republicanos usaron por igual), sólo por el mero placer de hacerla sufrir a ella y al espectador, que ve cómo en escenas de este pelaje se le van acumulando los minutos. No obstante, al llegar al clímax final, Salvador encara a sus captores y les increpa "Te habrán pagado bien". No hay mayor pecado que recibir dinero a cambio del trabajo, como Judas.

Más allá de la presentación, en tiempo presente, la película se desarrolla a través de las entrevistas de Salvador con su abogado, lo que coloca una omnipresente voz en off en gran parte de la película (que hacia el final reengancha con la realidad), de manera que Huerga y Arcarazo no tienen que preocuparse por sus torpezas e incapacidades narrativas, porque ya está Puig para dejarnos todo bien clarito, explicándonos palabra por palabra qué es lo que está pasando, o por qué tal o cual personaje actúa como actúa.

Por supuesto, las manifestaciones, tan típicas de la época, tienen su lugar en la cinta. Y los antidisturbios también. Estos momentos parecen sacados directamente de "El Equipo A". Por mucho que los manifestantes tiren piedras, ni un sólo policía cae herido, y todos los cócteles Molotov impactan sobre coches y objetos inanimados. Uno espera que tras una carga policial, los manifestantes se queden encerrados en una ferretería o un taller mecánico. Además, mediante esa extraña lógica de números que reina en tantos panfletos como éste, cuando veinte policías se enfrentan a trescientos manifestantes, siempre se forman grupos de tres agentes apaleando a un pobre e indefenso pancartero.

Este aire de caricatura (la película se burla de las fuerzas que la velan mientras duerme, que diría Orwell), se extiende al sistema de justicia. Burda parodia de un proceso, en todo momento se nos deja claro la intención del tribunal: "el crimen de Salvador clama venganza" dice uno de los miembros del tribunal, por si algún espectador rezagado se había perdido en sutilezas. Los funcionarios de prisiones también van por el mismo camino, y sólo Jesús Irrure termina teniendo tratamiento de ser humano, porque Salvador, que más que nombre a veces parece profesión, lo rescata de las fauces del régimen. Irrure comienza la película llamando al protagonista "rojo" y la termina gritanto entre lágrimas "¡Puto Franco!" ante su cadáver. Qué conmovedor. Por los mismos senderos mueve "Salvador" a la familia del protagonista. Hábilmente escamotea la realidad, en la que el verdadero Salvador no tenía unas relaciones demasiado buenas con sus allegados, para poder usarlos sin piedad como arma contra el espectador, especialmente la figura de la hermana menor, una bonita niña que se pone muy muy triste cuando los señores malos se llevan a su hermano.

Visualmente, resulta curioso comprobar como un producto con vocación "alternativa" e "independiente", usa el lenguaje propio de directores como Spielberg, Tarantino o Michael Mann, especialmente a la hora de enfrentarse a las escenas de acción. La alta definición digital es el medio (como en "Collateral" o "Corrupción en Miami" añade un toque de suciedad y por lo tanto realismo), y persecuciones, tiroteos y cargas policiales están rodadas con el degradado estilo documental que ya es el estándar del género, con afán de dar sensación de realidad. Para fomentar esta sensación, como es habitual, los personajes dicen muchos tacos, que no tacos muy variados. De la increíble riqueza léxica que tiene el castellano a la hora de maldecir, insultar y traer al presente a familiares vivos o muertos, los personajes de "Salvador" se reiteran en el uso de "joder", "hostia", "puta", "mierda" y "cojones" inagotablemente. Nada es tan real como unos buenos tacos. Por supuesto, no pueden faltar los desnudos femeninos y las escenas de cama, en las que los personajes se hacen confesiones totalmente estúpidas y carentes de interés para el desarrollo de la historia o para el público. Manuel Huerga cae bastante a menudo en unos excesos visuales bastante cansinos, a través de transiciones entre escenas tremendamente barrocas y sobrecargadas, un manejo del color bipolar pero poco original: tonos grises y apagados para el presente carcelario y coloridos y brillantes para el brillante pasado revolucionario de Salvador. También abusa de escenas excesivamente lacrimógenas a las que en lugar de risas en lata, como las telecomedias, sólo falta que les coloquen coros de plañideras. El entierro de Salvador Puig está rodado a cámara lenta, bajo la lluvia, y con miles de participantes arrojando rosas rojas, que son recogidas por la cámara en un largo plano del suelo encharcado, lleno de pétalos movidos por las gotas de incesante lluvia. Como todos sabemos, el símbolo internacional de los anarquistas son las rosas rojas (o tal vez hay que agradecer la limosna de la subvención).

De entre el abundante reparto, Daniel Brühl, Joel Joan, Tristán Ulloa, Leonor Watling, Ingrid Rubio, Leonardo Sbaraglia, Mercedes Sampietro, Antonio Dechent, etc, destaca Daniel Brühl, siguiendo la moda instaurada por Filmax de colocar a una estrella internacional como cabeza de cartel. Aunque alemán de adopción, Brühl es nacido en Barcelona, y se impone a sus compañeros de cartel. Es cierto que parece encarnar el ideal (al menos el ideal ficticio) de revolucionario, con su aspecto de perenne niño, y así lo muestra su carrera como actor. El único que le consigue hacer frente es Leonardo Sbaraglia, al que parece que los uniformes sientan bien, y aunque no termina de dar mucha vida a su personaje, físicamente encaja muy bien en el carcelero bruto e inhumano pero en el fondo buena persona, que le ha tocado en suerte.

En fin, una película que pretende, suponemos, despertar conciencias pero que más bien conseguirá adormecer espectadores. Recomendada para militantes y votantes. Puntuacion