Ficha

País

España, Malta

Año

2009

Título original

Agora

Duración

126min

Dirección

Alejandro Amenábar

Guión

Alejandro Amenábar, Mateo Gil

Reparto

Rachel Weisz, Max Minghella, Oscar Isaac, Michael Lonsdale, Rupert Evans, Ashraf Barhom

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Crítica de Ágora
Autor: malabesta
Fecha: 20/10/2009.
Póster Ágora

Ágora

Digerido por malabesta

Ante "Ágora" el público se dividirá principalmente en tres grupos: los que afirmen que es un panfleto y se sientan insultados, los que afirmen que es un panfleto y estén de acuerdo con él y los que afirmen que es una película española y por lo tanto un panfleto y un rollo, y prefieran gastarse sus cuartos en otra cosa. No les diré en qué grupo me encuentro yo, aunque del tercero -sin duda el mayoritario- ya me he excluido.

Amenábar es un muy buen director, tiene las ideas muy claras a la hora de encarar una película y sabe como pocos -yo diría que nadie- llevar al público a donde él quiere. El mismo principio de prestidigitación que convirtió a "Los otros" en un éxito memorable anida detrás de "Mar adentro" y "Ágora", con la diferencia de que en éstas en lugar de distraer la atención del espectador para llevarlo a un final sorprendente, se trata de apelar a su emotividad y empatía para hacerlo permeable al mensaje de la película.

En "Ágora", Amenábar explota la historia de Hipatia de Alejandría para hablarnos de -o en contra de- los extremismos, el cristianismo o la iglesia, no me ha quedado muy claro. La manera más obvia de hacer esto es contraponiendo la razón y el fanatismo de tal modo que el público empatice con la primera y vea el camino errado del segundo. Pero asignar valores modernos a una figura o evento del pasado es siempre complicado (los hechos tienen la mala costumbre de no plegarse al ideario de uno), y a nivel histórico, la película es un despropósito. "Ágora" no tiene reparo en deformar la figura de la famosa filósofa a la imagen y semejanza de lo que le hace falta al guión: un "Braveheart" de la razón.

Frente a ella, lógica, empírica, científica y pragmática, a medio camino entre Amelie y la Curie, la turba enfervorecida de cristianos ortodoxos, empaquetada como la quintaesencia del mal hollywoodiense: fundamentalistas, intolerantes, violentos, embrutecidos, irracionales, feos, visten de negro y lo peor de todo: son todos sospechosamente morenos. Dirigidos por un obispo que es una mezcla de Iago, Bin Laden y Grima Lengua de Serpiente, su objetivo es hacerse con el poder político y religioso de la ciudad, echando -a base de su particular intifada- a paganos y judíos de una Alejandría que hasta entonces convivía en paz.

No se hace mucha mención de los fuertes fundamentos religiosos del neoplatonismo, al que Hipatia se adscribía, o de su intransigencia. Tampoco tiene dudas en colocar a Weisz haciendo experimentos clásicos como el del barco de Galileo, cuando su escuela de pensamiento huía tanto del empirismo como Amenábar de una enciclopedia (pues consideraban la materia y todo lo que salía de ella como lo más alejado de la divinidad y del bien, osease caca) y nada queda de los pinitos de la alejandrina como astróloga. Es tal la necesidad del director español de encarnar las virtudes modernas de la razón y la ciencia en el cuerpo de su protagonista (para contrastar con los pecados también modernos del celo religioso y la intransigencia) que no tiene ningún problema en ponerla descubriendo que el Sol está en el centro del sistema solar, confirmando las teoría de Aristarco (del que, curiosamente, los predecesores de Hipatia reclamaron la cabeza por hereje heliocentrista) y que la Tierra describe a su alrededor una órbita elíptica, mil años antes de Kepler. Y si le dan media hora más,el velcro, el motor de explosión e internet.

Se trata de una película y no de un documental o una clase de historia, y su director y guionista tienen todo el derecho de reinterpretar la historia como mejor les parezca. Esto es cierto, pero cuando se invierte tanto en mantener el velo de verosimilitud y además en la coda final -las típicas letras de "menganito dejó las drogas y ahora es profesor"- se equipara la verdad de su descubrimiento a la del destino -que se tiene por cierto históricamente- de otros de los protagonistas, entramos en el terreno de la manipulación y la propaganda, en el que una obra por todo lo demás correcta, se empantana innecesariamente. Se esté de acuerdo o no con Amenábar, esta falta de reparo a la hora de manipular es un poco fea.

En lo púramente artístico, la película es muy resultona. No es una obra maestra, y muchas veces se entretiene en unos planos pretendidamente estéticos que frenan un poco el ritmo y llegan a resultar hasta ridículos. Cuando la turba asalta la biblioteca y empieza -como todas las turbas- a quemar los libros, el director nos regala un montaje de cielos azules y rollos de papel volando por encima de la cámara en el que uno se espera la inminente aparición del perro de Scottex, trotando feliz tras alguno de esos pergaminos para demostrar su resistencia y suavidad (¡y lo largos que son!). En el otro plato de la balanza, el excelente diseño de producción, que recrea la Alejandría del siglo IV tal y como todos la recordamos.

Más allá de valoraciones de fondo, el guión es sólido, y sólo se le puede achacar una cierta falta de fluidez al encajar los personajes con la historia, lo que termina provocando que Rachel Weisz interprete a una mujer más cercana a "CSI: Alejandría", empeñada en resolver el crimen del geocentrismo con la única ayuda de su lógica, su agnosticismo, sus conocimientos matemáticos y un profundo afán empírico (explicaciones de métodos y artilugios para el público lego a lo "Bones" o "Números" incluidas). Dado el rigor histórico mostrado en otros aspectos, uno no deja de preguntarse dónde guarda Hipatia el luminol y esas gafas naranjas tan chulas que parece se estilan en los laboratorios americanos.

Las interpretaciones son algo insulsas, y Weisz, Max Minghella y Oscar Isaac parecen presa del ambiente telefilmesco que traspira por momentos el guión. Cabe destacar a Ashraf Barhom, uno de los malvados monjes parabolanos (los secuaces del particular Richelieu que es el patriarca Cirilo), que además de ser el doble de Lee Van Ceef es el único que le da algo de vida -a costa de ser un poco histriónico- a su personaje.

En fin, una pena de película y de personaje. De las múltiples y muy destacables facetas de Hipatia (que fue la primera matemática de la historia y una de las mujeres más importantes de la antigüedad) "Ágora" se queda con ninguna. Recomendada para los que quieren una opinión firme sin devanarse mucho los sesos en conseguirla.

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