Ficha

País

USA, UK

Año

2009

Título original

The taking of Pelham 123

Duración

121min

Dirección

Tony Scott

Guión

Brian Helgeland

Reparto

Denzel Washington, John Travolta, John Turturro, James Gandolfini

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Crítica de Asalto al tren Pelham 123
Autor: bronte
Fecha: 03/08/2009.
Póster Asalto al tren Pelham 123

Asalto al tren Pelham 123

Digerido por bronte

Yo entiendo los atajos narrativos y me encantan y cuando están bien dispuestos es un placer ver la maestría del guionista aportando la mayor cantidad de información de la manera más económica posible. Pero oigan, esto de los católicos ya apesta. Cada vez que quieren poner a un personaje haciendo filosofía barata sobre la responsabilidad, la conciencia, la culpa y todo el paquete, es católico. En esta película, el leitmotif de John Travolta es el siguiente pensamiento: “Todos le debemos una muerte a Dios”. Una frase para morirse, realmente. Y digo yo ¿pero sólo se mueren los católicos? Los protestantes, los budistas, los musulmanes… ¿esos no se mueren? Pero qué hastío. Qué aburrimiento cargar con un personaje que en vez de hablar normalmente, como una persona de bien, parece que tiene por cerebro una galletita china de la fortuna.

“Asalto al tren Pelham 123” es una película bastante mala. Lo mala que se puede ser a estos niveles. Vaya, no se ve por ahí a ningún gladiador con reloj de pulsera, pero casi. Lo más sonrojante es lo malos que son los actores y por ello será ello el segundo punto de esta crítica: John Travolta ha tocado fondo. Dejar entrever su calvicie y estar peor que nunca, ha sido todo uno. Diré en su descargo que su personaje no le ha ayudado. Un personaje de cartón-piedra, construido a base de tópicos, a saber, un tío loco al que le dan repentes y dice muchos tacos. Cómo les gustan a los malos actores los personajes con repentes. Ahora están tranquilos, al segundo siguiente están pegando gritos con risa sardónica. Travolta no hace nada por dignificar la pacotilla de su personaje y se entrega de lleno al sarao de los ataques de histeria mientras dice tonterías como “Todos le debemos una muerte a Dios”. Enfrente tiene a Denzel Washington que ha tocado su propio fondo. Hace mucho tiempo que Denzel se ha retirado del cine y lo que vemos película tras película es su cabeza cortada de otros filmes y pegada una y otra vez. Denzel Washington es como Harrison Ford pero en afroamericano y con el culo más gordo. Fíjense si no en su afición a intentar quitarse con la lengua un algo inexistente de entre los dientes y su momento especial, cuando está serio y de pronto sonríe como diciendo “me estás tomando el pelo” para cortantemente, volver a ponerse serio. Qué mal momento.

La trama no podría ser más simple. Uno secuestra un vagón del metro en NYC y un operario del centro de control negocia con él. Lo que podría haber sido una cosa decente repta hasta los confines del mal añadiéndole un problema de moral y decencia, escrito por alguien que realmente no entiende esos temas. Que si dejarse sobornar, que si que malos son los brokers… vaya, los tópicos de siempre. Que casi toda la trama ocurra bajo tierra no es impedimento para que Tony Scott remenee la cámara más que nunca, incurriendo en semi-insultos para el espectador. Les explico: como no va a poner una carrera de vagones de metro, porque la cosa no da, hace que traigan el dinero del rescate en coche, con los consabidos doscientos mil accidentes y adyacentes. La cosa es tan tonta, que hasta se ven obligados a que un personaje diga: “¿pero por qué no han traído el dinero en helicóptero?” Y ahí es cuando hasta el espectador más despistado se da cuenta del lupanar en el que se ha metido.

El único que se salva y con diferencia es James Galdonfini, emulando al alcalde Bloomberg de NYC, ese que sólo cobra un dólar al año, y que configura el personaje menos ortopédico y con más donaire, con diferencia, alejándose de su creación en “Los sopranos” y dejando bien claro quién es ahí “el actor”. Los numerosos homenajes a la original no salvan el cotarro, más bien abochornan a aquella pobre gente, y la cosa es entendible teniendo en cuenta que el guionista, Brian Hegeland es autor de truños como “El Cartero”, “Asesinos” y muchos otros, y que sorpresivamente se coló en “L.A. Confidential”, nadie entiende cómo.

La película no tiene tensión, ni gracia, ni suspense, ni sentido ni sensibilidad. Es como comerse un producto de bollería industrial, sabe bien, pero en el fondo nos hace mucho daño.

Recomendada para gente que nunca va en metro, para que la vean en plan documental malo, y así alguien le saque algo de partido.
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