Ficha

País

Francia, Alemania, España, Italia Bélgica

Año

2008

Título original

Astérix aux jeux olympiques

Duración

116min

Dirección

Frédéric Forestier, Thomas Langmann

Guión

Alexandre Charlot, Franck Magnier, Olivier Dazat, Thomas Langmann

Reparto

Gérard Depardieu, Alain Delon, Clovis Cornillac, Benoît Poelvoorde, Stéphane Rousseau, Vanessa Hessler

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Crítica de Astérix en los Juegos Olímpicos
Autor: farrell
Fecha: 09/02/2008.
Póster Astérix en los Juegos Olímpicos

Astérix en los Juegos Olímpicos

Digerido por farrell

El joven galo Lunátix (Stéphane Rousseau), perdidamente enamorado de la princesa griega Irina (Vanesa Hessler), debe ganar los Juegos Olímpicos para poder casarse con su amada. Para ello tendrá que enfrentarse a Bruto (Benoît Poelvoorde), hijo de Julio César (Alain Delon), y que también pretende a la moza. Contará con la ayuda de Astérix (Clovis Cornillac), Obélix (Gérard Depardieu) y el resto de habitantes de la aldea gala.

Para empezar decir que los franceses sí sienten respeto por los iconos de su cultura y miran el mundo con la perspectiva suficiente como para darse cuenta de que intentando “deconstruír” (la palabra menos ofensiva que se me ocurre) los mitos propios rebajándolos a dibujos animados de saldo no se consigue nada. Los “filles de la Republique”, con su amor a la bandera, su defensa de los tres ideales fundamentales de su patria y blablabla saben que han creado unos personajes de enjundia mundial y están más que orgullosos de ello. Por algo lo del “chauvinismo” nos suena a todos a francés. Nada más lejos de la actitud española que, si una cosa nos ha salido bien, no descansamos hasta convertirla en material “defensa de la alegría”. Porque, no se engañen, todo esto que les cuento va más allá de la pericia, o no, de los directores de uno u otro sitio de trasladar dignamente estos cómics al cine, sino que da fé de la diametralmente opuesta idiosincrasia de nuestros vecinos de arriba y de nosotros: mientras el cómic francés más famoso está protagonizado por unos galos valientes, fuertes y honorables que son capaces de enfrentarse al imperio más poderoso de la antigüedad, el nuestro cuenta las historietas de dos superagentes cutres e incompetentes enmarcados en un mundo de sainete. Es decir, los franceses se ven a sí mismos como una nación orgullosa y potente y nosotros nos vemos como unos perdedores que parecen no haber superado el trauma del Desastre del 98.

Pero, no me entiendan mal, no estoy en absoluto alabando esta película: “Astérix en los Juegos Olímpicos” es una obra perfectamente olvidable (yo ya me he olvidado de la mitad de las cosas dos horas después de haberla visto) que, eso sí, cumple unos mínimos de visibilidad. Rodada en su inmensa mayoría en la Ciudad de la Luz de Alicante, donde se construyeron los pantagruélicos decorados, con el estadio de Olimpia a la cabeza, que la convierten en la película más cara del cine francés, cuenta con casi un 50 % de equipo español y también con un buen pellizco de capital patrio, suponemos que gran parte de él ha ido a parar a las astronómicas subvenciones que desde el Cinecittá alicantino se ofrecen a las superproducciones europeas para que se vengan pa España, Pepe, ya que el cine español poco puede rascar por allí, y supone un gran derroche de vestuario, maquillaje y nombres terminados en –ix que hará gracia a humanos de menos de 10 años o adultos de poblado entrecejo y risa bobalicona, como el espécimen que estaba sentado a mi lado en la sala.

“Astérix en los Juegos Olímpicos” es, al menos, fiel al espíritu del cómic.
Aunque, como decía al principio, que esta película sea meramente una “boutade” para ver un sábado por la tarde mientras se juega al parchís con el gato, no significa que haya que colocarla a la altura de las infames adaptaciones de “Mortadelo y Filemón”: éstas jugaban al humor zafio de a propósitos como convertir a Rompetechos en facha o llamar Bush al perro de la película y “Astérix en los Juegos Olímpicos” es, al menos, fiel al espíritu del cómic, no sólo a nivel visual, si no en el modo de tratar temas de actualidad o referencias al mundo del siglo XXI, como los problemas del doping, de una forma elegantemente francesa.

Y poco más hay que destacar. Alquílenla si les pica la curiosidad de ver a los famosos galos en el cine pero no se esperen ninguna genialidad. Alain Delon, con una nula vis cómica y sin pizca de chispa, dibuja a un César enamorado narcisistamente de su imagen en el espejo y harto de su hijo Bruto, encarnado demasiado histriónicamente por Benoît Poelvoorde. Depardieu sí tiene su punto de Obélix, aunque tengo que decir que gran parte de su gracia recae en el magnífico doblaje del personaje. Quizás el principio de la película, hasta que comienzan los Juegos Olímpicos, se haga un poco tedioso, al igual que el epílogo en el que aparecen famosas modelos y deportistas franceses así en plan reunión de amigos del productor, como por ejemplo Zinedine Zidane, que es de lo más cómico de la película (imagínense cómo será el resto…), Amelie Mouresmo y ese jugador francés de la NBA del que ahora no recuerdo el nombre.

Recomendada para pasar el rato con unos sobrinos, unas palomitas y una fanta de naranja, para luego explicarles que el imperio romano no era exactamente así.
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