Ficha

País

UK

Año

1982

Título original

The draughtsman's contract

Duración

109min

Dirección

Peter Greenaway

Guión

Peter Greenaway

Reparto

Anthony Higgins, Janet Suzman, Anne-Louise Lambert , Hugh Fraser, Neil Cunningham

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Crítica de El contrato del dibujante
Autor: bronte
Fecha: 27/11/2006.
Póster El contrato del dibujante

El contrato del dibujante

Digerido por bronte

"El contrato del dibujante" es una película para intelectuales que no para gafapastas, que no es lo mismo ni de lejos. Ambientada en el Barroco inglés, toma de esta época la complejidad del mensaje y la multiplicidad de significados, aunque claramente plasma la contención estética reinante en la pérfida Albión muy al contrario del Barroco mediterráneo en el que todo era exceso de los sentidos. Como explica el mismo Peter Greenaway a todo aquel que le quiera escuchar, la película nace de su propio intento de dibujar su casa de verano bajo el clásico precepto "Dibuja lo que ves y no lo que conoces". Esta aparentemente minucia, obliga a los pintores y dibujantes y demás familia a repetir las condiciones físicas del objeto retratado con perfeccionismo exagerado, y es éste uno de los puntales de la trama.

Situada en el jacobinismo inglés, exactamente en 1694, el director pone claro empeño en que todo en la película responda a la quintaesencia de lo británico. En coherente preciosismo, los actores se mueven poco, actúan más bien como figuritas de porcelana de esas que tanto abundan en los cottages, y recitan sus textos con tan "proper English accent", que no me cabe la menor duda sobre la importancia del mozo dispensador de toallas al final del rodaje de cada secuencia. Aparte del uso constante de la metáfora que puede hacer perderse en la trama al espectador natural de "Gran Hermano". La estética ha sido obviamente exagerada con unas pelucas que semejan mantas toledanas y tocados que requieren de contrafuertes para no desplomarse sobre las cabezas de los otros personajes, y quizás iniciar una cruenta lucha ornamental, pero todo ello contribuye al claro mensaje estético que el director ha querido imprimir a la película.

El hecho de que el protagonista sea un dibujante propicia que Greenaway encuadre cada toma con la obligada simetría y rigor de la época, además de facilitar al espectador el visionado de doce hermosos dibujos de estilo barroco inglés, tan influido en ese momento por el afrancesamiento. Y no sólo eso, también asistimos al proceso de creación de esos dibujos y a la descripción visual de los aperos que el dibujante requiere. Eso todo en la parte estética. Pero la película no quiere dejar de lado temas como la relación de Gran Bretaña con otras naciones, los conflictos religiosos, la sociedad patriarcal o la imposibilidad de las mujeres de ser propietarias de sus propias propiedades, que suena así como muy cacofónico, pero es que hay que ver que la cosa tiene delito.

A pesar de ser una película extremadamente estirada, su mayor virtud consiste en hacer sufrir al espectador con las vicisitudes por las que pasan sus personajes. En la primera parte, asistimos a la vida de una pobre mujer cuya propia manor house es propiedad de su marido por la gracia de las leyes, un marido que la trata a patadas, por cierto, y asistimos a su intento de reconciliarse con él a través de regalarle doce dibujos de la mano de nuestro protagonista, un afamado dibujante. Pero, gran error pensar que el caracter principal es un personaje positivo. Muy al contrario, se cobra sus servicios mundanamente, véase "en especies", y de la manera más desagradable y desconsiderada. Momentos que con buen gusto el director nos escamotea, aunque deja bien claros.

A media película, y todo en virtud de esa simetría jacobina, asistimos a un gran giro argumental que lo pone todo patas arriba, los buenos son malos, los malos son buenos, lo que estaba arriba ahora está abajo y viceversa. Para que se hagan una idea, la cosa tiene mucho de intriga detectivesca, género que tanto gusta a los ingleses. Aunque nunca explícitamente sino más bien subyacente. Los que hayan logrado llegar hasta el final, se darán cuenta pese a todas las triquiñuelas del director por encubrirlo.Y eso sí, la última secuencia es bastante dura. Es de esas que pueden herir la sensibilidad de los espectadores sensibles.

Una meritoria película, con celebérrima banda sonora de Michael Nyman incluida, que no gustará a todo el mundo, sino más bien a la gente cerebral y amiga de los juegos mentales y las agudezas de ingenio. Recomendada para descendientes de Ben Jonson, John Donne y William Larkin. Puntuacion