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Autor: bronte
Fecha: 08/02/2010.
La cuarta fase
Digerido por bronte Nada más empezar la película avisan de que el espectador verá imágenes perturbadoras. Yo ya me hice cruces, porque para ver imágenes perturbadoras consulto la bolsa, pero miren ustedes por donde que no sólo no hay vísceras sino que se trata de una decente película artesana. Ya saben que yo soy mucho de admirar el oficio. Yo, más que el onanismo pseudotrascendente, a mí me gustan las historias que parecen poca cosa, y que puede que en realidad lo sean, pero que sin embargo, mantienen al espectador en su sitio. En este sentido “La cuarta fase” me ha sorprendido, porque hay que ver qué poca chicha para 98 minutos. Pasan tan pocas cosas en esta película, que lo increíble es que el director siga vivo teniendo en cuenta la cantidad de veces que tiene que repetir cada pequeña acción funcional.
Dirá el respetable que ya está bien con los falsos documentales. No seré yo quien lleve la contraria. O haces una película o haces un documental. El falso documental suele ser o bien para causar hilaridad o bien para causar miedo. En este caso, el segundo, no es que cause miedo-miedo. Pero yo desde luego diría que no afea el resultado estético final del filme. Y además, el tema está muy cuidado. Se repiten escenas, o se montan en paralelo, de la “grabación real” con la dramatización. Les pongo un ejemplo. A un tipo le da un terembeque en la consulta de la psicóloga y en la dramatización se ve como la esposa (que está presente) se levanta a auxiliarlo. Pues en la “grabación real” se ve la misma acción pero la esposa lleva aún al hombro el bolso. Me pareció un detalle que dice mucho del mimo del director. Porque es verdad que en una dramatización nadie le pondría el bolso a la esposa, sin embargo, en la vida real, ante esa situación, nadie se pararía a deshacerse del mismo. Ese detallismo es el que hace que la inclusión de las escenas del falso documental, más que estorbar, enriquezcan en cierta manera. También porque el personaje de Milla Jovovich, en la actriz que interpreta a la “verdadera psicóloga”, es muy meritorio. Este párrafo me sirve para anunciar a mis lectores que se encontrarán alguna que otra pantalla partida en este filme, pero insisto en que la cosa suma más que resta.
Paso a contar cosas de la película. La trama gira en torno a una psicóloga en un pueblo de Alaska, Nome, donde hay desapariciones de gente y cosas raras a cascoporro. La señora se malicia que ahí pasa algo raro, y cada vez que hipnotiza a un cliente, pasan cosas que vistas así en persona darían mucho canguele, pero que claramente no quedan registradas en la cinta, porque esas cintas siempre se estropean. Por las radiaciones, interferencias y tal. O sea, que verse, se ve más bien poco, sin embargo, considero que se ha mantenido bien la tensión y a mí, por lo menos una vez, me pillaron ahí con la guardia baja y pegué un respingo en el asiento. Para que me entiendan, no se parece en nada a “Señales” de Shyamalan.
Hay mucho drama humano, mucho lloro, porque que venga un extraterrestre y te meta un catéter es para llorar mucho, así que lejos de atufar a escenas de relleno o para ganar algún premio (que no caerá), uno empatiza con los protagonistas, porque veo yo que eso de las abducciones debe ser un muy mal trago. Los actores están bien y sobre todo felicito desde estas páginas a Olatunde Osunsanmi, que es el guionista y director (también sale en pantalla), porque se le ve mano. O por lo menos se le ha visto. Una de esas películas que sin cambiar nuestra vida no nos hacen sentir ganas de cometer un asesinato múltiple al salir del cine.
Recomendada a todos aquellos que buscan en el cine pasar un buen rato y no el éxtasis.
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