Ficha

País

UK, Francia

Año

2007

Título original

Elizabeth: the golden age

Duración

117min

Dirección

Shekhar Kapur

Guión

William Nicholson, Michael Hirst

Reparto

Cate Blanchett, Clive Owen, Jordi MollÓ, Samantha Morton, Geoffrey Rush

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Crítica de Elizabeth: la edad de oro
Autor: bronte
Fecha: 06/11/2007.
Póster Elizabeth: la edad de oro

Elizabeth: la edad de oro

Digerido por bronte

Hay que ver qué película tan orgásmica. "Elizabeth" tiene por lo menos trescientos o cuatrocientos climax. Y una música espantosa que remarca, subraya y enfatiza dichos climax con tal intensidad que sólo faltaba por ahí una cabra bailando. Y conste en acta que no es la pasión nacional la que me mueve a hacer estos comentarios, sino la más pura honestidad crítica. "Elizabeth" es un espectáculo de pim-pam-pum en el que Cate Blanchett encuentra el vehículo perfecto para tensionar en innumerables ocasiones sus labios como fiambres.

Pero también podría entrar en lo otro, porque da para mucho. Que Felipe II dijera aquello de "yo no envié a mis naves a luchar contra los elementos" poco importa a los paridores de este filme. Si se descuidan es la propia Isabel la que, camisón en ristre, derriba todos y cada uno de los barcos. La grandeza anglosajona contra la mediocridad española, no sugerida, no, plasmada con intensidad bufonesca. ¿Qué pinta Jordi Mollà interpretando a un Felipe aflautado y patizambo? No es orgullo nacional, digo. Es seriedad. ¿Realmente hacía falta presentar un Rey español disminuido y retrasado? ¿Es esa la manera de crear una heroína? ¿Retratando a sus enemigos como poco menos que enanos? Los españoles bajitos y cabreados, vestidos de negro y con el rosario atizando. Pues que sepan que en el desastre de la "Grande y felicísima armada", también campaba por ahí Lope, que de tristón no tenía nada.

Y sí, me quejo de comprobar esta exaltación reiterada de "sus" "héroes míticos", no por lo positivo, que me parece muy bien, sino más bien por la falta. La falta de que hiciéramos nosotros lo mismo, teniendo tantos y mejores, si me apuran. Pero bueno está lo bueno, y si yo misma reconozco una sincera admiración por la figura de la Reina Virgen, temo que en este filme la han convertido en la heroína romántica que nunca fue. Una Isabel llorona, presa de sus deseos, encerrada en sus limitaciones, en una nueva versión de la deconstrucción del personaje. Una Isabel a medio camino entre el lesbianismo y la represión heterosexual. Una Isabel de manos temblorosas, una de las mujeres más importantes de la historia, reconociéndose como vieja e implorando besos.

Una película colorista y excesiva que gasta una estética cuasi barroco-kistch para convertir lo que ofrecía una gran epopeya en un otro producto de consumo rápido. Nada falta en este pastiche de audiovisualización sin consecuencias. Ni siquera la niña diabólica, que aquí le ha tocado en suerte a la pobre Isabel Clara Eugenia, hija de Felipe, y que se pasea por todo el metraje con una especie de muñeco de vudú. Seguro. Y la parte más reseñable, por supuesto, los amoríos de Sir Walter Raleigh arriba y abajo, en ese triángulo, no sé yo si muy bien documentado, pero en todo caso algo latoso. De todas formas, Clive Owen siempre hace bonito en las películas. Aunque le podían haber cambiado la casaca alguna vez. Por muy explorador que fuera, seguro que también tenía ropa de corte.

¿Esa es la manera en que quieren contarlo? Pues muy bien. La idea de los anglosajones como amantes de la democracia del siglo XX, en contraposición a unos españoles mentecatos y seguidores de "El diario de Patricia", y en la versión original con un acento totalmente macarrónico: la idea de los católicos como paletorros, en oposición a unos protestantes de dentadura brillante subvierte la realidad tan gravemente que hace del conjunto una película prescindible. Permanecerá únicamente en nuestro recuerdo la cara de patata que se le está poniendo a Samantha Morton.

De todas maneras, le gustará a mucha gente, porque hay mucho movimiento por la pantalla. Recomendada para ingleses y sus colonias. Y qué Elizabeth ni qué niño muerto. Aquí siempre ha sido Isabel I.

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