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Autor: malabesta
Fecha: 24/01/2008.
Hacia rutas salvajes
Digerido por malabesta "Hacia rutas salvajes", la cuarta aventura de Sean Penn tras las cámaras,es probablemente la película más rentable de la cartelera: por seis euros que cuesta la entrada le parecerá haber estado dentro del cine una eternidad.
Christopher McCandless (Emile Hirsch) es un joven de buena familia, que tras terminar su educación universtiaria se da cuenta de que su vida es una mentira, deja a sus padres (William Hurt y Marcia Gay Harden), dona sus ahorros, abandona su coche, quema todo su dinero y, en fin, todas esas cosas que haría alguien que no ha pasado hambre en su puñetera vida. Su sueño: irse a Alaska, lejos de la civilización y vivir de la tierra.
Ciertamente, a mí siempre me han hecho gracia todos esos personajes que defienden la naturaleza salvaje como el ambiente ideal para el ser humano (entorno del que, más o menos desde que dejamos de despiojarnos los unos a los otros hemos intentado huir), en el que puede buscarse a sí mismo lejos de las ataduras del capitalismo y la sociedad, aunque por lo general estas aventuras más que en iluminación y armonía suelen terminar en alergias y diarrea.
"Hacia rutas salvajes" supone la enésima exposición del ideal romántico, disparando en batería todos los cañones de la verborrea típica: la vacuidad del dinero y el poder, la artificialidad de las convenciones sociales, la infelicidad de la vida acomodada, la hipocresía y demás, intentando justificar la huida del protagonista, para que el público -que ha tenido que apoquinar la entrada con ese dinero vacuo ganado en un trabajo alienante- no lo vea como un niñato malcriado con acné existencialista. Lo consigue a medias; sin duda los más sensibles a este tipo de mensajes encumbrarán la película como la experiencia catártica que pretende ser, y los mayores de edad la recibirán con algo más de frialdad en el mejor de los casos.
Tanta vocación metafísica y social no le impide, por otro lado, tirar de estereotipos cuando conviene, especialmente en el caso de unos turistas europeos -adivino que alemanes o suecos- que son descritos con la misma profundidad y realismo que podría tener una película de Pajares y Esteso.
Una de las supuestas grandes virtudes de la película es el trabajo de su protagonista, Emile Hirsch. Es el suyo uno de esos grandes papeles, con mucha introspección y mucha exploración del personaje, una de esas actuaciones en las que es absolutamente imprescindible perder un porrón de kilos para demostrar lo dentro que se lleva la actuación y lo entregado que es uno. Así da igual luego que Sean Penn ruede con cámara al hombro y la mitad de las veces le esté enfocando la nuez, porque al salir sin camiseta y marcando costillas Hirsch ya demuestra todo lo que tiene que demostrar.
En fin, una película de arte y ensaño. Recomendada para los que sientan la horrible opresión del GPS.
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