Ficha

País

USA

Año

1938

Título original

Jezebel

Duración

104min

Dirección

William Wyler

Guión

Owen Davis, Clements Ripley

Reparto

Bette Davis, Henry, George Brent, Margaret Lindsay, Donald Crisp, Fay Bainter

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Crítica de Jezabel
Autor: bronte
Fecha: 18/07/2009.
Póster Jezabel

Jezabel

Digerido por bronte

“Jezabel” es una película que no puede dejar a nadie indiferente. Una película de las de antes, sin tonalidades de grises, pese a estar rodada en blanco y negro. Con su primaria división binaria del mundo, entre lo bueno y lo malo, que sin embargo se despliega en una ambigüedad moral que hace de ella una experiencia desasosegante y triste. Jezabel era una mujer que en palabras del guión “ofendió a Dios”. En esta ocasión, Jezabel es Julie Mardsen, una “southern belle” letal en sus acciones, estúpida en sus motivos. Ese es el drama de la película. Julie no es mala, sólo estúpida. Pero su estupidez traerá la desgracia a todos aquellos que la rodean, incluida ella misma.

Enamorada locamente de Preston Dillard, interpretado por Henry Fonda, esta Jezabel destructiva, esta Bette Davis en una de las cumbres de su carrera, es incapaz de atender a las necesidades de la realidad, inmersa en sus delirios de dominatrix. Lo quiere y lo quiere ahora. No importa que sea imposible, o peor aún, que comporte una ofensa para sus semejantes. Rebelde inconsciente, tan sólo por el placer de epatar, anticipa un modelo social que acaba imponiendose de manera brutal a través del culto hipertrofiado al individuo. Inolvidable la escena del baile, al que Julie se empeña en acudir vestida de rojo, pese a que la etiqueta dice claramente que el atuendo debe ser blanco. Querer ser diferente, aunque esa diferencia suponga un evidente desprecio al acomodo comunal de las reglas de convivencia, sin ganar nada a cambio. Convencida de convertirse en la estrella, el vacío de sus semejantes le hace querer dejar el baile, pero su prometido le obligará a aguantar la censura que ella misma ha provocado gratuitamente. Pocas escenas más tensas en la historia del cine como en la que Preston Dillard dice un definitivo “adiós” a Julie. Colosal Bette Davis subiendo las escaleras, asegurando con sus palabras que él volverá, mientras que sus ojos delatan al espectador la conciencia inmediata de haber cometido un error irresoluble.

Jezabel gusta de romper las reglas, sí, pero como suele ocurrir con los “inconformistas”, las utiliza a su conveniencia cuando le parece bien. Para ello nada mejor que vivir en el profundo sur en vísperas de la Guerra de Secesión. Un mundo heredero de la pomposidad gala, en la que una referencia a la imperfección de una nariz era motivo suficiente de batirse en duelo. Duelos que Julie Mardsen intentará manipular para llevar a cabo sus venganzas de niña caprichosa. El reflejo de un mundo moribundo, que pronto iba a ser arrasado por el norte con su practicidad y llaneza, y que es presentado en la película desde una tensión inequilibrable. Por un lado es un mundo desafíado por la propia Jezabel quien aduce “no vivir más en la Edad Media”, negándose a admitir sus reglas; pero ese mismo desafío resulta vacío en los términos empleados. Un mundo que insiste en comportarse con unos modales desfasados y que en última instancia revela un amor ya extinto por el compromiso, aunque ese compromiso acarree la muerte. Una métafora histórica en una historia personal en la que la ambivalencia se hace presente.

Como mandaban los cánones narrativos de la época, Jezabel ha de purgar sus pecados y ello se hace también a través de la referencia bíblica. Pero al contrario que en otras películas que han envejecido con menos gracia, el espectador contemporáneo sigue entendiendo y aplaudiendo la necesidad de esa penitencia, de esa redención. Porque aunque somos más individualistas que nadie, algo en nuestra conciencia nos indica que tenemos que seguir conviviendo. Hay que ser prudente con aquello que se desmonta si no se tiene preparada una alternativa mejor. El cambio tiene que traducirse en progreso o es inútil y tonto.

Vendida como “Lo que el viento se llevó” en blanco y negro, por lo heterodoxo de la protagonista sureña, se trata de una película infinitamente menos épica, y enormemente más triste. Registra un drama vital que jamás se llega a dar en su referencia. Todos sabemos que Escarlata puede vivir sin Rhett perfectamente. El paso en falso de Jezabel funciona sin embargo como un recordatorio perenne de todos y cada uno de nuestros propios errores en los que jamás podremos dar marcha atrás.

Si algo es reprochable en este filme es cómo se relaja la trama en la segunda parte cuando el absoluto mal, el que se hace uno a sí mismo, ya está hecho, y no queda más que ser testigo de los movimientos inútiles con que Jezabel intenta deshacerlo. Pero hasta la famosa escalera, esta película es un prodigio de realización sencilla y contundente, adornada por la magistral interpretación de su protagonista femenina, acompañada de Henry Fonda que da la réplica perfecta. Dicen que ya no hay actores así, pero es que tampoco quedan historias como estas. Un clásico de la mano de un clásico como William Wyler.

Recomendada a rebeldes sin causa.
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