Ficha

País

Alemania

Año

2005

Título original

Die Weisse Massai

Duración

131min

Dirección

Hermine Huntgeburth

Guión

Johannes W. Betz

Reparto

Nina Hoss, Jacky Ido, Katja Flint, Antonio Prester

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Crítica de La masai blanca
Autor: bronte
Fecha: 11/12/2006.
Póster La masai blanca

La masai blanca

Digerido por bronte

Podríamos decir que "La masai blanca" cuenta la historia de un furor uterino de intensidad extrema que habrá de pasar a los anales de la historia. Claro que parece que ni siquiera esto es justificación suficiente para explicar una historia como la que nos ocupa, agárrense al asiento, basada en hechos reales. Una pequeña empresaria  suiza de vacaciones en Kenia con su novio, le echa el ojo a un guerrero masai (en realidad samburu, pero para entendernos), y ante la estupefacción de su novio, su familia, el guerrero massai, y de los propios espectadores  (occidentales y no temerosos de serlo), lo deja todo para irse a vivir al poblado de su nuevo amor entre vacas y chozas hechas con ramitas.

Al empezar a ver la película una puede hacerse cruces creyendo que una vez más nos van a descubrir las bondades de andar en taparrabos en contraposición a la malignidad inherente de ponerse lo que tradicionalmente llamamos "ropa". Pero no. Muy al contrario, en el ámbito, digamos antropológico, la película se limita a retratar el choque cultural entre la mujer emancipada, culta, moderna y la tribu de las vacas. No es que la película se meta muy a fondo a juzgar las condiciones físicas y morales en las que viven los masai, pero tampoco renuncia a retratar realidades como la ablación femenina, el machismo inherente a estas culturas primitivas, la superstición presente en todo aspecto de la vida, la corrupción, caciquismo y usos mafiosos de las superestructuras, y otras muchas lindezas que todos podemos imaginar. Dígamos que todos estos factores funcionan únicamente como telón de fondo del auténtico meollo de la cuestión, aunque siempre servirán para alimentar animadas conversaciones de café sobre la influencia de occidente en el tercer mundo.

En la unión sentimental de Carola y Lemalian, que así se llama el guerrero, llama sobre todo la atención la capacidad de cesión de él (lo que contribuye a aumentar su atractivo en la historia), al parecer verídica, lo que, honestamente, choca con lo que el espectador medio podría esperar. El hombre, que durante todo el metraje prácticamente no se apea de su traje regional, de no pocas similitudes con el escocés, (síntoma de lo "ceñido" que está a su forma de vida) así a primeras parece que no debiera estar demasiado de acuerdo con desposarse  con una "lechosa" tal como Carola, y mucho menos "dejarle" que tenga su propia tienda. Vamos, que parece lógico esperar que pusiera a la mujer a despiojar reses o algo por el estilo. Pero menuda es ella. Empresaria una vez, empresaria siempre, y lo primero que hace la suiza al llegar a su nuevo poblado es abrir allí un ultramarinos con un surtido variado, de esos que ya no quedan en España. Y además suiza, con lo poco "pegados" que están ellos al dinero. De ahí que parte de la crítica haya calificado la actitud de la protagonista como de auténtico "neocolonialismo", debido a la manera en que intenta reeducar a Lemalian. Pero no será para tanto. Establecer una relación no significa renunciar a la propia personalidad (aunque tampoco machacar la personalidad del "contrario"). Y si bien es verdad que ella le enseña a hacer el amor "dulcemente" (siempre por el bien común), también es cierto que es ella la  que se va al poblado en vez de trasladarlo a él a la gran ciudad,  vaya lo uno por lo otro. Además, quien diga eso, se verá movido seguramente por la ignorancia. La ignorancia de no saber que en la historia real esta buena mujer aceptó que su guerrero se beneficiara a otras mujeres de la tribu por ser respetuosa con las costumbres del lugar. Esto no sale en la película, claro; hubiera sido un repelente para el público femenino occidental. Afortunadamente, y pese a las muchísimas diferencias de idiosincrasia, el amor siempre triunfa. Aunque sólo sea por un rato.

Ahora bien, la auténtica baza de la película, y de la novela, best-seller en toda Europa, es un su cariz melodramático. Que bien la han colado, aunque en ello resida su éxito y originalidad. Tras el tono de "National Geographic", "La masai blanca" no hace más que retomar una vez más la trama del amor obstaculizado por mil trabas que se oponen a la realización sentimental, aunque en esta ocasión la traba consiste exactamente en que  los dos amantes parecen de dos planetas diferentes en todos los aspectos. Como si ella fuera de Ganímedes y el de Raticulín. Además, Jacky Ido, el actor encargado de dar vida a Lemalian no es lo que se dice Sammy Davis Jr. y vestido de tal guisa, con sus trenzas, su pluma (una sola), y sus dos palitos que porta contínuamente y en cualquier ocasión, que sabe Dios para qué sirven, la verdad es que tiene momentos en los que se asemeja a un Dios, no diré de ébano, sino hecho de la misma bendita madera que los cedros del Líbano. Para variar un poco la metáfora, vamos.

Hermine Huntgeburth, la directora, que no es tonta (la película literalmente arrasó en su Alemania natal), sabe perfectamente lo que se trae entre manos, y carga las tintas a conciencia en el tratamiento romántico, aunque de una manera sutil y desacostumbrada. Sin perder cierto tono documental, no hay grandes escenas de amor, ni cenas con velas, aunque sí algún que otro escarceo sexual rodado con la mano firme de una aguda mente femenina, gran cantidad de panorámicas del paisaje keniata (aunque sin las típicas jirafas, cebras y demás), que colaboran en gran medida a construir ese ambiente exótico, y sobre todo, una nada disimulada y constante atención a las formas y hechuras de Jacky Ido. Cosa muy comprensible, y dicho esto desde la más  pura perspectiva fisiológica. Ahora bien, a su imaginación les dejo adivinar cómo acaba la historia.

Recomendada para amantes de la mezcla de multiculturalidad interracial. Puntuacion