Ficha

País

Franca

Año

2005

Título original

Il ne faut jurer de rien!

Duración

101min

Dirección

Eric Civanyan

Guión

Eric Civanyan, Philippe Cabot

Reparto

Patrick Haudecour, Mélanie Doutey, Jean Dujardin, Marie-France Santon, Arno Chevrier, Gérard Jugnot, Henri Garcin

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Crítica de Nunca digas nunca
Autor: bronte
Fecha: 29/12/2006.
Póster Nunca digas nunca

Nunca digas nunca

Digerido por bronte

Los franceses de vez en cuando, más de vez en cuando que nosotros, miran hacia atrás y llevan a la gran pantalla las grandes obras de su literatura. En este caso se han fijado en una obra más bien pequeñita, obra teatral de un escritor llamado Alfred de Musset, conocido en estos pagos más por ser amante durante una temporada de George Sand, que por haber sido uno de los primeros románticos franceses, dato que también es cierto.

Si las obras de Musset tampoco es que hayan dado la vuelta al mundo, en "Nunca digas nunca" nos encontramos con una versión libre sobre la misma, que ya es para echarse a temblar. Si el planteamiento original ya no es que sea la repanocha de la originalidad, el intento del director Eric Civanyan, por hacer algo nuevo en plan "que la gente se quede con la boca muy abierta", ha acabado por finiquitar la posible ironía y sutileza del texto original, para dejar la cosa en un "quítame allá esas pajas". Es tal la obsesion de Civayan de utilizar un lenguaje moderno, según sus propias palabras, que sólo le ha faltado que los personajes dijeran cosas como "ej que", y no me refiero tanto al plano meramente lingüístico, como a la planicie de sus psicologías.

Pese a lo anteriormente dicho, informaré de que tanto director como trío protagonista están muy convencidos de que su película trata el existencial tema sobre si el amor merece o no la pena. Bueno, a veces sí en los explicativos diálogos, pero no mucho más allá. Tampoco se paran mucho en el tema de la instauración de la república, pese a que uno de los personajes esté en el comité para la restauración de la monarquía. Valentín es un disoluto que sólo piensa en lupanares y juego, sobrino de un medio burgués, Van Buck, que sólo piensa en el dinero y en la posición. Cécile, una aristócrata venida a menos, es la ocasión perfecta para que Van Buck pueda unir su apellido a uno noble, pero Valentín no está por la labor, porque no cree en el amor, y además está convecido de que todas las mujeres son unas pérfidas meretrices. Tío y sobrino hacen una apuesta: Valentín intentará seducir a Cécile para demostrar que es una pilingui como todas las demás. Si pierde, se casará con ella, si gana, su tío tendrá que pagar todas sus deudas. Pero, ah, Cécile cree en el amor verdadero. A partir de aquí unas cuantas escenas en las que chico y chica juegan al gato y al ratón, todo ello expresado de manera bastante corriente y moliente.

Pese a tener envoltorio de comedia amable, "Nunca digas nunca" revela su origen bastardo en ciertas salidas de pata de banco que rompen con el tono general. En primer lugar la perra que cogió el director con ambientar parte de la trama en un lupanar, lo que le da de sobra para sacar mozas en cueros, desembocando todo en una última parte delirante, en la que no sólo el pobre personaje de Cécile se ve obligado a verse en tal burdel, sino que al final las prostitutas serán parte del fin de fiesta, en el palacio de la joven. Una cosa es que los franceses se vanaglorien mucho de la frase hecha esa de "libertad, igualdad y fraternidad" y otra muy diferente, convertir una trama costumbrista en un ejemplo de teatro del absurdo. En segundo lugar, en esa manía por interrumpir el ritmo cómico para dejar que los personajes se cojan una calavera en la mano y empiecen a preguntarse sobre la vida después de la muerte. La coherencia es un valor nunca suficientemente ponderado.

Entre los actores están Jean Dujardin, Mélanie Doutey y Gerard Junot, que ahora está muy moda, pero cuyo más talentoso rasgo interpretativo, en mi humilde opinión, es mantener durante todo el metraje las ventanillas de la nariz tan abiertas como si le fueran a entrar elefantes por ellas. La dirección es tan olvidable que así les ha salido el invento. La ambientación obviamente no ha tenido excesivo afán por ser muy rigurosa, pero el director tampoco está lo que se dice muy empeñado en enseñarnos la época, teniendo en cuenta que puede enseñar una casa de citas, que parece que es lo que a él le gusta. Como caiga en sus manos un guión sobre policías americanos, se va a poner las botas enseñando stripers en barras.

No es un desastre, pero tampoco una buena película. Remonta en los breves instantes de comedia pura, y se hunde en el resto. Recomendada para DeGaullistas.

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