Ficha

País

Australia

Año

2005

Título original

Wolf Creek

Duración

99min

Dirección

Greg Mclean

Guión

Greg Mclean

Reparto

John Jarratt, Nathan Phillips, Cassandra Magrath, Kestie Morassi

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Crítica de Wolf Creek
Autor: malabesta
Fecha: 27/08/2007.
Póster Wolf Creek

Wolf Creek

Digerido por malabesta

Lo más terrorífico de “Wolf Creek” es que está basada en hechos reales y definida como (cursivas mías) “la clásica historia del hombre del saco (léase slasher) rodada con técnicas del cine de autor” por su director, Greg Mclean, que dice haberse inspirado en el Dogma95 para rodarla. Escalofriante.

La historia es sencilla. Tres excursionistas, Liz (Cassandra Magrath), Kristy (Kestie Morassi) y Ben (Nathan Phillips), pretenden llegar al parque natural de Wolf Creek, en Australia. A medio camino su coche los deja tirados, y los recoge el amable Mick Taylor (John Jarratt) con la promesa de llevarlos hasta su casa de él y allí arreglar el coche. Y hasta aquí puedo leer.

Greg McLean parte de la situación típica de un slasher pero pretende darle una vuelta de tuerca más imprimiendo un tono muy realista a la película. Como sabrá cualquiera que haya visto el vídeo de las vacaciones, la primera comunión o la boda de unos vecinos, el realismo no siempre es una cosa buena. En este caso se traduce en que durante los primeros cuarenta minutos de proyección no pasa nada.

La típica presentación de personajes y el no menos típico viaje a ninguna parte que en cualquier película estilo “Hostel” se soluciona en quince o veinte minutos, tras el primer asesinato de rigor (que suele abrir la película) son sustituidos en “Wolf Creek” por la introducción de los tres protagonistas, su plan de viaje y gran parte del mismo incluyendo paradas en todas las gasolineras con todo lujo de detalles. Resulta soporífero.

Cuando al fin aparece el dichoso Mick Taylor, la película comienza a remontar. Principalmente gracias a la actuación de John Jarrat, que con su muy creíble aire campechano compone un personaje interesante. Pero el estilo de rodar de Mclean tiene sus momentos. Se mantiene bastante alejado de los clichés del género, y es de agradecer que nos ahorre los típicos cacharrazos orquestales con los que muchos directores más que asustar al público consiguen aterrorizarlo. La aproximación casi documental por la que se opta en “Wolf Creek” es bastante más inquietante de lo que suele ser el torture porn (“Hostel”, “Saw” y demás) sin necesidad de recurrir a tanta salsa de tomate (aunque la película también tiene sus momentos, no se vayan a creer).

En “Wolf Creek” sin embargo se nos muestra todo con un nivel de detalle digno de un programa de bricolaje. Echa uno de menos el repaso con la lista de ingredientes y herramientas al final de cada escena.
Pero a pesar de ello es más el daño que hace. El afán de rodarlo todo para no romper el aura de casi documental mata por completo el ritmo de la cinta. A los aburridísimos primeros cuarenta minutos, se unen muchos momentos muertos que se producen en la segunda mitad de la película; por ejemplo, si una de las protagonistas se ha de liberar de una brida de plástico con la que ha sido esposada, el proceso de buscar algo cortante, encontrar un cristal roto y cortar con él la atadura, viene a durar unos cinco minutos. Otro director haría una breve elipsis o aprovecharía para ver qué hace alguno de los otros personajes (cosa que en esta película nunca pasa, siendo completamente lineal). En “Wolf Creek” sin embargo se nos muestra con un nivel de detalle digno de un programa de bricolaje. Echa uno de menos el repaso con la lista de ingredientes y herramientas al final de la escena: “se busca un cristal, se corta la brida y ya tenemos lista la escapada”.

A mayores de la notable presencia en pantalla de John Jarrat, explotada de manera irregular por su personaje, que a veces se pasa un poco de psicópata. Nathan Phillips, Cassandra Magrath y Kestie Morassi vienen a dar la actuación estándar de una película de terror, mucho grito y mucho desencaje, todo un poco forzado.

En fin, slasher con afán de renovación que no termina de despegar (ni de despertar). Recomendada para jóvenes castores.
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