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Concurso La Lista
Historias de un figurante
Autor: Farrell
Fecha: 01/09/2003.

Historias de un figurante

Un artículo de Farrell

¿Alguna vez se han preguntado quién carajo son esas personas que, en películas o series de TV, se pasean de un lado a otro por detrás de los protagonistas o están sentados tranquilamente en el restaurante donde Luís Alberto y Marisleisis de la Piedad dan rienda suelta a su amor ante un plato (seguramente frío) de lentejas? La respuesta: los FIGURANTES. Sí, ese oscuro y poco conocido gremio de la industria del cine cuya labor principal es, básicamente, hacer bulto.

Yo, lo confieso, he sido figurante, o extra, como dicen algunos, que queda más fisno, más cool y más cinematográfico. En definitiva, señoras y señores, yo he hecho bulto. Sí, qué habría sido de tantos productos del audiovisual de este país sin mi insigne colaboración, sin esa maestría que tenemos los genios del oficio para dejarnos ver sin ser vistos, para conversar animadamente (¡qué digo conversar, si sólo movemos los labios!) con un tío al que acabamos de conocer y al que, invariablemente, le canta el aliento, para beber de una taza sin café, para comer de un plato sin merluza en ese quiero y no puedo que es la esencia misma de la figuración, una mezcla de mimo, expresión corporal y la gilipollez más absoluta. Y qué decir de la prestancia con la que el figurante experimentado se pasea tras los actores en primer término sin dejar que el espectador se percate de que ese tío de la camisa verde ¡ha aparecido y desaparecido ya siete veces en esta misma escena!

Ay... pero no todo son rosas en el mundo de la farándula. Puede que mucha gente envidie la vida del figurante, este mundo de glamour, candilejas y fabulosos caterings de "cokreta" y bocata calamares pero también hay momentos duros, sí. Y como sé que ahora mismo están pensando: "pero qué dice este tío, con la suerte que tiene de ser un artista del hacer bulto", les contaré un episodio desagradable que me ocurrió en uno de mis últimos rodajes.

La historia ésta era una cosa de época que rodaban en una aldea remota de un monte perdido, uno de esos paisajes bucólicos en los que aún se palpa la esencia de la vida campestre y el encantador olor a excremento fresco de vaca. Por supuesto, el pueblo estaba a unos siete mil kilómetros (bueno, quizás exagero un poco) de la ciudad en donde vivo y ya el hecho de llegar fue todo un logro porque, ojo al dato, el único indicador con el nombre del sitio lo encontramos cuando faltaban dos kilómetros...

Y llegamos allí y ¡hala!, a esperar, porque esto del cine va muy lentito ¿saben ustedes?, tienen una pachorra impresionante estos tíos y a nadie parece importarle terminar hoy o dentro de cinco meses así que, si te citan a las tres empiezas a trabajar a las ocho pero, eso sí, a las tres hay que estar como un clavo no vaya a ser que ese día a alguien le de por trabajar y empiecen a su hora. Después de las setenta horas de espera (quizás exagero otra vez) nos dicen que nos vistamos. Bueno, lo de vestirse es un decir porque el vestuario consistía en una especie de saco siete tallas más grande y unas sandalias tres números más pequeñas y por debajo todos en calzoncillos, ahí, a pelo, que entraba un birujillo cuando se levantaba un poco de brisa... Y es que esta gente de hace unos siglos era un poco rara, mira que no usar pantalones como todo el mundo...

Y ¡hala! , a esperar otra vez hasta la hora del maquillaje, mi momento favorito de la jornada, el acabóse. Me siento allí y empiezan a insultarme (sí, sí, como lo oyen) porque tenía el pelo corto. Resulta que la historia era que todos éramos leprosos o enfermos o no sé qué y claro, debíamos tener "greñas y aspecto descuidado" y yo, mira tú por donde, me ducho con frecuencia, me lavo las orejas y hasta me quito los pelillos de la nariz, y no daba el perfil. Y eso que cuando me llamaron yo avisé que ni tenía el pelo largo, ni barba ni era leproso ni ná pero pareció no importarles, marcar el teléfono de otra persona debe ser un trabajo extenuante.

No entraré en más detalles acerca de aquel "momento make-up" ni les contaré lo tía guarra-penca que era la maquilladora, simplemente les diré que me fui a casa sin hacer nada, y es que a veces a los extras no nos dejan mostrar todo nuestro talento y nuestro arte.

En definitiva, que si algún día su hij@ le viene con el rollo de "mamá, quiero ser figurante" adviértale de los entresijos del oficio porque, como dijo una vez el simpar Toni Leblanc: "Qué dura es la vida del artista, oiga"