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Concurso La Lista
La cuota nostra
Autor: Pirulo de Quintanar
Fecha: 05/08/2004.

La cuota nostra

Un artículo de Pirulo de Quintanar

Poco a poco se van cumpliendo los oscuros augurios que he ido desgranando en mis sabias homilías. Vienen a acabar con el cine, y si ya era espeluznante oírlos vociferar, más aún es darse cuenta de que sus aullidos están siendo escuchados. Desgraciadamente nunca se ha tratado de acallar a tan inmundas bestias a base de palo, que a buen seguro es el único lenguaje que son capaces de comprender, y por razones que escapan a mi comprensión se las ha hecho engordar a base de dádivas, diezmos y prebendas. Estoy hablando, por supuesto, de esa criminal mafia que cínicamente ofrece “protección” a nuestro cine y cultura, para ensañarse con ambos aún después de haber cobrado el chantaje con inaudita generosidad.

Es un guión que, quienes nos gusta el cine, hemos visto cientos de veces en películas de verdad como para que ahora pueda pillarnos por sorpresa. Muy mal se obró cuando, siendo todavía unos raterillos de poca monta, se aceptó pagarles ese tributo llamado cuotas de pantalla, cuyo peso se hizo recaer sobre los inocentes hombros de los propietarios de salas de exhibición. Les faltó agilidad entonces para esquivar tan cafre embestida, y cedieron sus salas a un ruinoso negocio en lugar de haber habilitado sus letrinas más sucias e infectas para poner en su justo lugar las indignas abominaciones que les obligaban a proyectar.

Ahora que se ven más fuertes y capaces de extender sus oscuras garras allá donde otros titiriteros y bufones, con bastante más decencia e integridad, no han soñado con llegar, están dispuestos a dar el siguiente paso lógico, que no podía ser otro que el de amedrentar y expulsar a la competencia de un territorio considerado ya como su feudo privado, con los modales de matón de barrio. Y nuevamente los palos los reciben los mismos, a quienes no sólo no se les ha agradecido en ningún momento su efectivo apoyo al cine en este país sino que además son periódicamente insultados como traidores que se venden a la cinematografía yankee retirando con excesiva premura las películas nacionales. En otras palabras: que no dejan propina en el pago del impuesto mafioso.

El asunto de las cuotas, en casi todos los ámbitos, consiste en una serie de medidas de dudosa eficacia que tienen por fin ayudar a un sector desfavorecido. En este caso, ya debería de ser de una claridad meridiana que el cine español es como un hijo tonto con el que tiene que cargar la cinematografía mundial. Lo que resulta vergonzoso es que quienes han conseguido que tanta gente asocie ya cine español con petardo verbenero intenten apelar a la compasión que pueda sentir la gente con algo que en lugar de ser un orgullo nos produce ya bastante vergüenza y lástima. Es como mandar a los niños a mendigar para luego quedarse con todo ellos. Y es que se lo reparten todo de una manera que haría sonrojar al mismo Vito Corleone. Cabe preguntarse si no habrá un excelente cine español ahogado bajo la protección de la familia (efectivamente, gran parte de sus películas interesan sólo a su familia) que nunca llegaremos a ver.

Insólito es, desde luego, que no parezca haber nadie que alce la voz ante estas injusticias, y que poderoso sea el miedo a las represalias públicas de esta banda de desalmados. Rige la ley del silencio en un momento difícil para las salas de cine. La amenaza ahora es imponer un impuesto a las películas extranjeras que se distribuyan aquí dobladas, con lo que se encarecerá el precio de la entrada, disminuirá seguramente la afluencia de público, y los mismos de siempre tendrán un poco más que repartir para seguir viviendo del cuento. Mientras tanto las ciudades pequeñas se quedan sin salas de cine. Cuando el pogromo sea total, intuyo que tomaran al asalto los videoclubs, si es que todavía nadie les ha hecho frente. En las televisiones ya se han metido, y serán obligadas por ley a dedicar un 5% de sus ingresos a sus akelarres cinematográficos. Pronto llegará el día en que empiecen a romper las huchas del DOMUND, viéndonos además forzados a huir despavoridos allende nuestras fronteras, como en los más feroces regímenes dictatoriales, para poder ver, tranquilamente, una buena película de cine.