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Concurso La Lista
Lejía en el dentífrico
Autor: Patuca Pompidur
Fecha: 05/02/2005.

Lejía en el dentífrico

Un artículo de Patuca Pompidur

Esto no se puede aguantar ni un año más. Siendo el español una lengua tan rica en vocabulario, seguimos sin entender por qué en cada entrega de los Goya tenemos que soportar estoicamente un rosario de palabrotas como si no hubiera nada más ingenioso que decir. Se ve que aunque disimulan, ni uno se ha leído el Quijote. Y eso que este año algo se han controlado, pero aun así siguen dando esa imagen paupérrima de analfabetos funcionales que no saben comportarse con la dignidad y glamour que corresponde. Ejemplo paradigmático el de Tamar Novas, al que sólo le faltó meterse el dedo en la nariz mientras gimoteaba "Joder, joder, por favor, "dejarme" acabar". Digo yo que alguien con tan poco saber estar no debería merecer un premio. Detalles como éste rebajan ostensiblemente el nivel de elegancia medio de los españoles, y es por detallitos así que en las películas extranjeras nos ponen vestidos de Curro Jiménez y con patillas (a ellos) y con bigote (a ellas). También se escuchó un "qué cojones" y otras lindezas por el estilo, pero es tan de lo mismo, que casi me da pereza reseñarlo. Ningún agradecimiento destacable en cuanto a la calidad de su discurso. 

El cuanto al guión, lamentable, como es habitual, con puntos sobresalientes como Paco León parodiando a Raquel Revuelta. Yo no sé qué pintaba un personaje televisivo en la entrega de los Goya. Se ve que están tan faltos de artistas efectivos que echan mano de todo, pero si ya no parecía de buen tono sacar a colación el sangrante retrato de la presentadora, lo que no fue de recibo en absoluto, fue el comentario sobre Farruquito. De un mal gusto intolerable. Cómo gusta en este país hacer leña del árbol caído. Un comentario desafortunado y rastrero. Aunque para infortunios el de Bibiana Fernández, subida en un hermoso caballo blanco, pero con tan poca gracia, que más que Lady Godiva semejaba una garrapata asida a las crines. Como en los Goya nada se piensa con la cabeza, a la hora de dar el premio a Trueba, la buena de Bibiana descubrió que le era imposible alargar tanto los brazos desde la grupa y con esa boquita que Dios le ha dado soltó un "no me puedo inclinar que se me ven las tetas". Qué elegante, pero qué elegante. Y luego apostilló el típico comentario prototípicamente mediocre y lleno de saña: "porque aquí se me ven que es en directo, no como en América que lo cortan". Tenía que salir. No son capaces de dejar dos minutos libres de comentarios contra Estados Unidos. Con lo bonito y chic que es dedicarse a lo de uno, en vez de estar tan pendiente de lo que hace y lo que no hace el vecino. Seguro que en los Oscars no van a hacer ningún comentario sobre el desarrollo de la gala de los Goya... Por qué será...

Mantuvieron la pose de mendigos pidiendo ayuda para el cine español, mientras todas iban vestidas de diseñadores extranjeros. Todas más o menos pasables, con excepciones como la citada Bibiana Fernández, que llevaba un palabra de honor de babilla dorada que parecía sacado de las tiendas de carnaval, o María Adánez, que apareció muy vaporosa, pero con un agujero bajo los pechos realmente inapropiado, no por lo que dejaba ver, sino por el conjunto desmadejado que aportaba al traje. Claro que para escote el de Mónica Cruz, totalmente vertiginoso y enorme en cualquier de sus coordenadas, y que tuvo que estar revisando a ver si no se abría de más, durante toda su estancia en el escenario. Llum Barrera con una bata de guatiné y muy poco ocurrente. Maribel Verdú con un traje espantoso, como de verano barato de Saldos Pepe, y Jaidy Mitchel con una media luna en la cadera que parecía hecha por los hippies. 

También primó el estilo "progre porque me da la gana", y ahí teníamos a Ana Serret, directora del corto documental ganador "Extras", vestida como Mariquita Pérez. Entró y salió del escenario dando saltitos cual niña traviesa. Sobrecogedor. Pablo Llorens Serrano, director de "El enigma del chico croqueta", parecía salido de una convención de frikis más que el receptor del Goya al mejor corto de animación y casi me dan ganas de soltar un improperio ante el hecho inaceptable de que un año más tuviéramos que aguantar a Laia Marull soltando su risita oligofrénica como musiquilla de fondo. Elegantes estuvieron Concha Velasco, muy clásica, Pastora Vega, muy a lo Cleopatra, Mercedes Sampietro, que sin embargo, no fue capaz de seguir la línea de su texto, como si no fuera ya bastante lastimoso que tuviera que leerlo, y que se perdió a medio discurso y Geraldine Chaplin, que siempre está bien. Mabel Rivera, actriz de reparto, se puso un broche que parecía una nasa de pescador galvanizada  y a pesar de adornar sus palabras con cierto aromita galaico-independentista tuvo el rostro de pedir que se diera oportunidades en España a los actores gallegos. ¿En qué quedamos? O somos todos los mismos o cada uno en su casa. Lo que no se puede es cerrar las puertas a los actores no galaicos en Galicia, y pedir que sí que funcione en el otro sentido. Actitudes tan egoistillas no tienen ningún charm. Que quede claro. Aunque para falta de charm Victoria Abril, cantando (es un decir) en francés (como se nota el cambio de gobierno) y vestida de cabaretera sin que viniera a cuento.

Innumerables fallos técnicos y de organización, como el momento "matamos el tiempo" mientras se colocaba el atril de los muñegotes, cuando perfectamente se podía haber dado paso a un vídeo. O los niños dando definiciones, algo más visto ya que las mangas drapeadas, o Antonio Gala, encontrándose solo en el escenario por la desaparición súbita de un premiado, sin saber qué decir. Lo único realmente digno de la ocasión fue el texto que José Sacristán declamó en homenaje a José Luís López Vázquez, y que estaba escrito por el hijo del homenajeado, al que ya bien podrian haberle encargado todo el acto. Porque hay que aclarar que las intervenciones de Resines y Verdú dejaron mucho que desear, parecían charlatanes de feria,  y la tan cacareada aparición de Montserrat Caballé aparte de ser escasa fue desangelada y falta de toda gracia. Lo que me trae a la memoria el modelito de Alaska, que merecía como mínimo una multa por desacato al buen gusto. Con ese vestidito mínimo dorado, parecía un chorizo puesto de domingo. Claro que si algo hizo que casi se me saliera el corazón del pecho fue el modelito de la directora Dunia Ayaso. Me pregunto quienes son los dos desgraciados a los que tuvo que matar para ponerse sendas cabezas humanas tocadas con tremendas melenas, una en cada hombro.